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martes, 29 de julio de 2008

Editorial: El rechinar de dientes

Ya sea que se trate de los bendecidos por el Padre, la buena semilla, los invitados a la boda, la perla preciosa o el tesoro escondido, a lo largo del evangelio, Jesús explica de muchas maneras y con muchas figuras, lo que será el premio que espera a los que sean conducidos a la derecha del Padre.

Dejando de lado el concepto de eternidad, porque es demasiado grande para la mente humana, podemos unir todos los ejemplos, y hacemos más o menos una figura de felicidad sin límites, de contemplación de la gloria de Dios, de vida en medio de la corte celestial, etc. Es la meta que deseamos ardientemente alcanzar, y para ello, debemos esforzarnos cada día, tratando de dominar a nuestras miserias, nuestras pequeñeces, que nos conducen a alejar a Dios de nuestra vida.

Grande es el deseo del Señor, (y lo hace de muchas maneras), para hacernos comprender, que salgamos del acomodo en nuestro egoísmo, y busquemos su Reino en nuestros corazones, porque a ese Reino, no se puede ingresar sin ser “Santo, como Santo es nuestro Padre que está en el cielo”.

Sin embargo hay unas palabras constantes, invariables, que deberían llevarnos a hacer una severa reflexión, que nos proporcione aún más argumentos sobre la necesidad de iniciar la conversión con la urgencia con que Él mismo ve ese chispazo de tiempo que dura nuestra vida. Cristo quiere nuestra conversión ya, hoy, no mañana ni en otro momento, sino hoy, y veamos por qué.

Todas las parábolas que describen lo que es el cielo, terminan con la separación de la cizaña, de los que son del enemigo, pero en lugar de emplear figuras, repite siempre lo mismo: “Ahí será el llanto y el rechinar de dientes”

El Señor, no habla de figuras, sino de actitudes: llanto y rechinar de dientes. Es que una vez alejados para siempre de la presencia de Dios, el tormento, será sin duda el llanto de la falta de esperanza, el llanto de la ausencia de Dios, el llanto de esa angustia sin fin y sin descanso, pero nos estremece más aún las otras palabras: “el rechinar de dientes”

Ese rechinar, nos habla con claridad, de rabia, de furor, de odio, de impotencia e incapacidad. ¿De qué? Pues simplemente, de la imposibilidad de una nueva oportunidad para corregir lo que hemos ido postergando por sentirnos muy jóvenes, muy poderosos, muy exitosos, o simplemente por flojera de tomar las cosas como deberían ser.

Y es esta última actitud (la de no tomar las cosas como deberían ser), la que a nuestro juicio, producirá ese rechinar de dientes: “¿Porqué no actué cuando debí hacerlo?, ¿Por qué no tomé en cuenta cuando me lo dijeron?, ¿Porqué no escuché “ese día” en la homilía? Y mil “porqué mas… pero tarde.

La Misericordia de Dios, se nos manifiesta precisamente en el regalo de cada nuevo día, nosotros esperando poder alcanzar nuestras metas, y Él esperando escuchar nuestra voz arrepentida. Nosotros con la displicencia con la que derrochamos nuestro tiempo, y Él esperándonos en la oscuridad del Sagrario. Nosotros pasando alegremente tantas oportunidades, y Él sangrando por tantos regalos que dejamos atrás . ¿Hasta cuando?

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