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viernes, 5 de febrero de 2010

Meditando el Evangelio

Domingo V del Tiempo Ordinario

Si Tú lo dices…

El Evangelio de este domingo V del tiempo ordinario, nos muestra el relato conocido como el de la pesca milagrosa, y en él, podemos encontrar (como siempre), algunas reflexiones que nos permitan aprovechar la sabiduría de la doctrina de Cristo, y comprobar una vez más, cómo el Evangelio, Palabra de Dios, nos alimenta y nos muestra en detalles delicados y hermosos el camino que Él mismo vino a mostrarnos.

Es bueno darnos cuenta, que de entrada tenemos dos opciones: Imaginar las maravillas que Jesús hizo a lo largo de su vida y quedarnos asombrados con la muestra del poder de Dios sobre todo lo creado, y guardarlo en nuestro recuerdo junto a tantos otros milagros maravillosos, o buscar con hambre aquello que nos alimenta, nos fortalece y nos orienta para vivir inmersos en el Corazón de Aquel que nos amó hasta la muerte.

¡Así es cómo actúa Jesús en la vida!, como a Pedro, comienza por pedirte tu barca, y termina cambiando toda tu vida.

Si ponemos algo de imaginación, podremos ver la escena con claridad. Medio día, un sol que quema, la multitud que rodea al Maestro, y… sentado en su barca, Pedro, muerto de cansancio, agotado después de haber tratado de pescar toda la noche sin haber logrado nada, trasnochado, sediento, ¡listo para echarse una siesta reparadora!

Esa es la actitud que muchas veces tomamos los cristianos católicos, cuando escuchamos una plática, un sermón o una lectura. Nos acomodamos en el asiento, con una actitud de estar muy atentos, y nos relajamos, mientras vamos asignando nombres a las reflexiones o enseñanzas que nos hacen.

“Esto sí que le cae perfecto a fulanita”, o “Ojalá que el torpe de mi marido estuviera escuchando esto”, o “Menganita se hace la loca, la que no entiende, cuando esto es solo para ella”, y así, vamos etiquetando el Evangelio para los males o los pecados de nuestros conocidos, mientras la Palabra de Dios pasa “como agua del río”.

Nos colocamos en el lecho, mientras el agua se desliza lamiendo nuestros costados todo el tiempo, pero si cortamos la piedra, por dentro está seca. El agua no llegó a ella. Así dejamos pasar semana tras semana, Misa tras Misa, en la que el Señor nos regala su Palabra llena de gracia y sabiduría, mientras Pedro (nosotros), jugamos con el dedo haciendo circulitos en el agua.

Pero el Señor es misericordioso, y llega un instante en que se mete con nuestra vida “Lleva la barca mar adentro”… y nosotros como Pedro refunfuñamos, porque estamos cansados, adormecidos, disfrutando el no hacer nada. “echen las redes para pescar” dice el Señor, mientras pensamos por lo bajo: “¿Cómo voy a pescar, si en esta época el ser religioso está fuera de moda? ¿A quién voy a convencer? ¡Todo el mundo se va a reír de mí!”

Y salta veloz la disculpa, el intento de no hacer lo que Jesús pide, el tratar de evitar inmiscuirse, comprometerse, hacer un cambio en nuestra comodidad: “Maestro, por más que lo hicimos durante toda la noche, no pescamos nada”, que en otras palabras podríamos decir: Que vaya otro, para eso están los curas, yo ya doy mi limosna, es que no creo en los curas, o tantas y tantas disculpas que tenemos listas en los labios cuando de convertirse y evangelizar se trata.

Pero la luz del Espíritu Santo llega como un rayo, y aunque solo sea para no disgustar al Maestro decimos con aire de condescendencia: “pero, si tú lo dices, echaré las redes”. ¡Momento maravilloso, instante en el que desaparece el sueño, el cansancio se vuelve fuerza, el hastío se convierte en alegría!, porque las redes se llenan hasta querer romperse.

Jesús espera de nosotros solo la aceptación, el “sí quiero”, y de inmediato comienza nuestra red a recibir los premios: Paz en el corazón, alegría y optimismo que desbordan, y amor profundo que acaricia el alma con esa ternura que solo Cristo sabe brindar. Nuestros ojos se abren incrédulos por la abundancia de los regalos, mientras la barca de nuestra vida antes seca y vacía, comienza a llenarse y llenarse de cosas que antes recibíamos solo por segundos y a chispazos.

Cuánto cambia la voz de Pedro, cuando, viendo su barca llena y a punto de zozobrar, llama a la otra barca para no perder tanta pesca. Cuánto cambia nuestra voz, cuando con el corazón rebosante de amor y entusiasmo llamamos a nuestros parientes y allegados para que acerquen sus vidas a la nuestra, y las llenen también con esta pesca milagrosa.

Y qué frustración, qué dolor, cuando ellos, igual que estábamos nosotros antes de que Jesús suba a la barca, nos miran adormilados, y comienzan a farfullar disculpas y excusas de todo tipo. “Ven por favor, mira mi barca llena de amor, llena de felicidad y de entusiasmo, ven, acércate a Jesús para que también llene la tuya…” y nada, nadie se mueve por más que gritemos.

Pero el Evangelio concluye con un llamado y una promesa: “No temas; en adelante serás pescador de hombres”. No tengas miedo, ya aprenderás poco a poco, Mi palabra entrará a tu alma, y también a las almas de los tuyos, pero en mis tiempos, no en los tuyos, ahora Yo te necesito para tirar tus redes en otras partes, déjame hacer, y tú solo haz lo que Yo te diga” Eso quieren decir las palabras de Jesús.

Y ¿Cuál es el secreto? Hacer lo mismo que Pedro, Juan y Santiago. Dejar todo atrás, no detenerse ni un instante, sino como ellos, llevar la barca a tierra, dejarlo todo, y seguir a Jesús que no se detiene. El trabajo es arduo, duro y peligroso, pero la recompensa es mayor que todo. ¿Una prueba? Basta ver a esos tres pescadores tres años más tarde convertidos en gigantes que inundaron el mundo con las redes que el mismo Jesús puso en sus manos.

Una pregunta final para reflexionar: ¿Estamos dispuestos a abrirnos a una nueva vida llena de las maravillas de Jesús? Pues es sencillo, ponte de pié y lleva tu barca mar adentro, porque Jesús te lo está pidiendo…

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