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lunes, 10 de noviembre de 2008

Eitorial: Buscando aceite

Desde los tiempos del profeta Oseas, el hombre ha tenido la esperanza de llegar a vivir una intimidad tal con Dios, que entre ambos puedan conocerse íntimamente, tanto como se pueden conocer ambas personas de un matrimonio, y de ahí viene la forma de representar a Dios como el esposo, que en el Evangelio de este domingo XXXII del tiempo ordinario nos presenta el Evangelio, con la parábola de las diez vírgenes.

Si analizamos el relato bajo la lógica mundana, podríamos encontrar algunas fallas, entre ellas por ejemplo, que si cinco se quedaron sin aceite y las otras no les quisieron pasar del suyo por temor a quedarse sin luz, lo lógico hubiera sido que las imprudentes se pegaran a las prudentes, y así hubieran compartido la luz entre todas. Por otra parte, ¿Cómo hicieron para encontrar una tienda abierta a media noche en esa época y conseguir así el aceite que les faltaba?

Pero las parábolas, no son relatos para distraernos, ni cuentos para contar a la luz de una vela. Son enseñanzas profundas y sabias, que siempre terminaban con las palabras de Jesús: “El que tenga oídos que oiga…”, o sea que Él dejaba que el oyente ponga el final, que interprete el significado espiritual de la parábola, y extraiga la enseñanza, la riqueza, la moraleja, el alimento para el alma, nunca para el cerebro.

El Señor nunca quiso quedar en la historia como un cuentista o un seglar. Él vino como el Maestro de toda la humanidad, para mostrarnos la forma en que el Padre nos ama, para mostrarnos cómo es el AMOR con mayúsculas, y terminó su enseñanza diciendo “…como Yo los he amado”, que puede interpretarse como: “Ya les he mostrado todo, ya les he explicado todo, ya lo han visto en Mí, en mi vida y mi obra, ahora, hagan lo mismo”

Visto de esta manera, comprendemos el significado de las diez vírgenes y sus lámparas sin aceite, su desesperación, su angustia e impotencia al ver llegar al esposo, y no poder verlo, ni tampoco hacerse ver con él. Así comprendemos también, y casi podemos ver a estas cinco jovencitas imprudentes, que gastaron su aceite en la puerta del palacio, para alumbrarse mientras jugaban, chismeaban y reían alegremente. Podemos imaginar los chistes contra las prudentes, las miradas, las murmuraciones entre ellas, las críticas y los insultos… y también podemos imaginar la tranquilidad de las prudentes a la llegada del esposo, y la desesperación de las imprudentes al ver cerrarse las puertas.

Hoy en día, ¿a qué cosas le podríamos llamar “el aceite para las lámparas”, que se gasta sin prudencia y sin responsabilidad? Cuántos de nosotros hemos pensado muchas veces, que tenemos tiempo por delante, que aún estamos jóvenes, y que “el Señor es tan bueno, que no va a dejar que a mí me pase nada”, y mientras tanto, minuto que pasa, es minuto que el nivel del aceite baja, y baja, y baja… y el esposo se acerca.

Con toda la cantidad de cosas que el mundo nos fascina a cada instante, llegamos a creer que incluso encontraremos “aceite ecológico”, recién inventado por algún pensador amanecido, que pretende descubrir el secreto de la última cena, la última tentación de Jesús, o hasta la tumba de Cristo. Cuántos lugares que hoy nos ofrecen “aceites” fabulosos, discotecas, modas, comerciales, películas, etc. y etc., que llenan el tanque de nuestra lámpara, y que (lo peor de todo), tú y yo sabemos que llegado el momento, no encenderán ninguna luz para nosotros ni para nadie.

¡Qué peligro!, llegado el momento, pondremos el fósforo en la mecha, y lo podremos dejar hasta quemarnos el dedo… y nada. La lámpara se quedará mas apagada que la superficie de la luna. Vacía y fría, sin vida.

Quizás entonces, sea una buena idea, buscar nomás el viejo y sabio aceite, aquel que ni siquiera se vende, sino que se regala en los templos, aquel que brota como un geiser de la biblia bien leída, aquel que desperdiciamos cada domingo mientras “pajareamos” en la misa, aquel que podemos recoger a cambio de un plato de comida dado con amor a un pobre, aquel aceite que no solo enciende la lámpara, sino que también endulza el alma, aquel que te permite llegar a la cama con paz, cubierto por el amor del que lo fabrica y que quiere con todo su ser vernos recibirlo a manos llenas de la fuente misma: su Corazón abierto por una lanza en el Calvario.

Si, el aceite es oración, es entrega, es comunidad, es esperanza, servicio, humildad, ahora sí podemos decir, que el aceite es “Este es Mi Cuerpo que se entrega por ustedes, hagan lo mismo en memoria Mía”

¿Verdad que sí?

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