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viernes, 16 de abril de 2010

Meditando el Evangelio

En medio de las miserias de la Iglesia, Cristo sigue haciendo brillar la luz de su gloria

Homilía de Fray Nelson Medina

29/04/2001


Estamos en el tiempo de la Pascua, las lecturas que escuchamos, nos hablan de la victoria de Cristo.

En realidad, cada domingo es una pequeña Pascua, y el Domingo de Pascua es un domingo gigante, es el domingo que le da la cara, la sonrisa y el sabor a todos los domingos, y eso se nota especialmente en el tiempo de la Pascua.

He aquí que seguimos escuchando los testimonios de aquellos a quienes Cristo resucitado se les apareció. El domingo en que nos encontramos es una buena oportunidad para reflexionar en aquello que nació de la Pascua de Cristo.

La Pascua de Cristo no es simplemente un milagro que queda enterrado en el pasado, una especie de prodigio raro e irrepetible seguramente, que sólo está ahí para que lo recordemos.

De la Pascua de Cristo ha nacido una comunidad que somos nosotros mismos, nosotros somos los hijos de la Pascua, nosotros hemos nacido de la victoria de Cristo, del amor de la Cruz y de la mañana de la resurrección.

Somos la Iglesia. La palabra Iglesia significa en griego: Convocación, asamblea de gente llamada; la Iglesia es ese número inmenso de hombres y mujeres que oímos el mensaje de la Pascua y que recibimos la gracia para congregarnos cerca de la obra de la Pascua.

Sin embargo, la vida de la Iglesia no es solamente Pascua, hay cosas duras, eso nos lo recuerda la primera lectura. Los apóstoles recibieron prohibición de predicar y fueron encarcelados, capturados, azotados e insultados. La Iglesia, mientras va de camino en esta tierra, siempre tiene el aguijón de la persecución, de la incomprensión.

Yo creo que ninguno de nosotros entiende completamente por qué Cristo tuvo que morir en la Cruz, uno se hace una idea viendo tanto amor, pero creo que ninguno de nosotros puede explicar completamente por qué tanto dolor en la Cruz.

La Cruz es un enigma espantoso para la mente humana, y si nosotros que tenemos fe en Jesús, no podemos entender el misterio de la Cruz, y creo que no lo entenderemos nunca, mucho menos la gente que se ha alejado de la Iglesia o que no cree en Cristo va a tener una actitud favorable a la Cruz; quisiéramos un cristianismo sin cruz.

¿Muchas personas lo entienden? Nadie lo podrá entender completamente y entonces atacan, se burlan, como fruto de eso, nosotros los creyentes nos volvemos cobardes y escondemos nuestra fe, porque nos da pena que se sepa que creemos.

Es decir, que siempre hay un desfase, siempre hay una grieta entre la noticia fantástica que creemos y el mundo en el que vivimos, siempre hay una grieta y esa herida causa dolor en los corazones que quieran ser fieles.

Cada uno de nosotros lo vive de una manera distinta, haga la prueba de ser honrado, sincero caritativo, humilde, generoso y verá como en dos o tres días todos se darán cuenta de que apareció otro bobo en la tierra y hay que acabar con él.

Siempre hay una grieta, siempre hay un dolor, es parte de la naturaleza de la Iglesia mientras camina por esta tierra, experimentar ese dolor.

Hasta el punto de que una gran santa de nuestra orden dominicana, Catalina de Siena, cuya fiesta se celebra el 29 de Abril, cuando ella veía que la vida le iba saliendo muy fácil, se quejaba a Jesucristo, y le decía: "¿Fue que me desechaste, porque hace rato no experimento ni dolor, ni enfermedad, ni persecución, ni tentación? ¿Qué pasó?"

Así hablaba Santa Catalina que era un alma enamorada de Cristo, porque tenía bien entendido que existe una brecha entre la noticia fantástica que creemos, y el mundo a veces espantoso que vivimos.

El verdadero cristiano no se refugia en una burbuja rosada, sabe que tiene que vivir lo mismo que Cristo, lo mismo que los Apóstoles, "aprendiendo a dar razón de su esperanza" 1 Pedro 3,15, como decía el Apóstol San Pedro en una de sus Cartas.

Qué cosa paradójica, la Iglesia sufre y el sufrimiento la acobarda y la cobardía la empobrece y esa pobreza de virtud la envilece y así aparece como una institución a veces sucia, incoherente, hipócrita , etc., pero en medio de todo este barro, sigue proclamándose una noticia maravillosa y siguen saliendo santos.

El año 2000, año del Jubileo, el Papa Juan Pablo II constituyó una comisión especial cuyo único objetivo era averiguar cuántas personas habían muerto por Cristo en el Siglo XX, un encargo único.

Como era el siglo que cerraba el segundo milenio, Juan Pablo II nombró esa comisión para investigar con rigor histórico sobre las muertes que habían sucedido por Cristo. Esa comisión produjo sus resultados en unos gruesos volúmenes y resultó una extensa lista de personas.

Ese año 2000, tuve la gracia de estar en la ciudad de Roma, el Lunes Santo, y de reunirme con un grupo muy grande de personas en la Catedral del Papa, es decir la Basílica de San Juan de Letrán.

Un grupo de laicos que pertenece a una comunidad que se llama la Comunidad de San Egidio, organizó una sesión de oración, cuyo objetivo principal era presentar los resultados de la investigación que había pedido el Papa.

De modo que estuvimos ahí como dos horas oyendo nombres; la ceremonia fue muy bonita, porque se leían los nombres y se hacían algunas oraciones y cantábamos, eso fue bellísimo, ahí se oyeron nombres de Colombia, por ejemplo, aquél Obispo de Arauca que fue torturado y asesinado, y desde luego, nombres también de Centro América y de todas partes del mundo.

Una de las conclusiones de esta comisión especial fue: El siglo en el que ha muerto más gente por Cristo es el Siglo XX. Uno siempre cree que de los primeros cristianos, que eran tan buenos, coherentes y santos, habian perecido muchos más, pues no, el siglo en el que ha muerto más gente por Cristo es el Siglo XX.

Es decir, que en medio de las miserias de la Iglesia y de las cobardías que usted tiene y que yo tengo y de lo mediocres que a veces somos los sacerdotes, los religiosos, en medio de todo eso, Cristo sigue haciendo brillar la luz de su gloria y siguen saliendo por todas partes testigos, gente santa, gente que lo ofreció todo por Cristo.

Hay un servicio de noticias por Internet, si usted tiene acceso a Internet suscríbase, www.feniz.org, ese servicio católico de noticias es muy bueno.

¿Por qué los invito a que se suscriban a un servicio de noticias así? Porque los periódicos que ustedes compran por la calle no le van a contar cosas como que el Siglo XX es el siglo en el que ha muerto más gente por Cristo.

Suscríbase a un servicio de noticias como ése, para que usted vea que Cristo esta vivo, que Cristo sigue, desde la orilla y desde la playa en que Él se encuentra, animando a la Iglesia.

La Iglesia es esa barca que apareció en el Evangelio, una barca débil que a veces trata de pescar y no logra nada; la Iglesia es una barca débil que puede ponerse en ridículo, sobretodo cuando un señor escribe un libro sobre cuántos curas homosexuales hay, sobre cuánta plata se han robado, sobre cuántos niños han violado.

¡Claro, bonito oficio llenarse de plata con las miserias de la Iglesia!, y hay gente que es feliz en eso, y esos libros están en todos los grandes supermercados.

Pero si usted quiere conocer cómo Cristo vive y cómo Cristo reina, busque en la Escritura, busque en los grupos de oración, busque en los grupos marianos, busque en los cenáculos de plegaria y alabanza, busque en los servicios de noticias.

Y usted encontrará que Cristo sigue, desde la playa de gloria que es el cielo, amando a la gente de la barca que somos nosotros, y Cristo sigue diciendo: "Estoy con ustedes", y Cristo está preparando un banquete para todos nosotros, un banquete preparado por Él mismo, preparado por el fruto del trabajo de la Iglesia de todos los tiempos.

Una última curiosidad, para acabar estas palabras: el evangelio que oímos dice que Pedro arrastró hasta la orilla una red que tenía 153 peces, ese número no es casualidad, los estudiosos de la Biblia investigaron qué significaba ese número; 153 era el número de países que tenia el mundo cuando vivió el Apóstol San Juan, el que escribió este evangelio.

De este México sacudido por la violencia, de esta Bolivia estremecida por la intolerancia, de esta Colombia desangrada, de estos países nuestros con corrupción administrativa y de los países más grandes y más fuertes, capaces de acabarse con su armamento, de todos los países saldrán peces para Cristo; de todas partes van a salir frutos para Cristo, porque la victoria es de Él y Él prepara una comida de familia en la playa de los cielos.

viernes, 9 de abril de 2010

Meditando el Evangelio

La Paz sea con ustedes

Las primeras palabras del Señor a sus apóstoles que estaban reunidos en el Cenáculo en Jerusalén, fueron: “La paz esté con ustedes”. ¡Qué Señor maravilloso este, que no puede evitar mostrar su amor y su ternura.

La paz de Jesús, es el adelanto más seguro del cielo, pues no se trata de la paz que comprendemos por ausencia de guerras o de peleas, sino de la paz de espíritu, el reposo del alma, que en presencia del Salvador, se inclina ante su majestad, y entrega sus fatigas, sus luchas internas, sus temores y sus miedos más profundos.

La paz que Jesús nos deja, no quiere decir que desaparecerán los problemas diarios de la vida, de ninguna manera, ni que se curarán nuestros enfermos, que desaparecerán las angustias económicas, que los seres humanos nos volveremos ángeles volando por los aires. La paz de Cristo, es la certeza de que esos problemas, esas enfermedades, esa pobreza o esa injusticia, pueden ser contempladas desde otros ángulos de vista, y que siempre es posible sacar cosas buenas de nuestras tragedias.

La paz de Cristo es el amor compartido, es la entrega sincera y sencilla, es el reconocimiento de mis limitaciones unido a la admiración por las posibilidades de mis hermanos, y la seguridad de que unidas ambas en nombre del Salvador, significan la solución, la luz al final del camino. Ese fue el deseo de Jesús, ese es el deseo que tiene Él por cada uno de nosotros, cada mañana, en cada Misa, en cada trabajo, al salir y al llegar a nuestra casa, al levantarnos y al acostarnos.

Si hacemos un minuto de silencio en la noche, y reflexionamos en nuestro día, seguramente podremos escuchar su voz llena de cariño: “La paz sea contigo, alma amada, descansa en Mí”.

Una pregunta interesante, es porqué, si Jesús había realizado el milagro más grande jamás visto (había resucitado al tercer día de muerto), entonces, ¿por qué conservó las llagas de los clavos y la lanzada en el costado? Su cuerpo, ya era glorioso, Él estaba camino al trono que le reservaba su Padre, entonces, ¿por qué mantener esas huellas tan terribles?

Es que Él quiere mostrarnos, que aún glorioso, aún siendo Rey del Universo, sigue siendo el mismo Jesús, manso y humilde que recorrió los caminos de Galilea, Él no se ha alejado de nosotros, de nuestros duros corazones, que –como lo estamos viendo en estos días- siguen sin creer que su misión fue aceptada y aprobada por el Padre del cielo.

Con cuánto amor dejó en herencia su Santo Espíritu, que por medio de los apóstoles y sus sucesores nos administran el perdón a nuestros pecados, y sin embargo, seguimos viendo a diario cómo los humanos nos ufanamos en denigrar cada día con más placer su Nombre y su Imagen en su Iglesia.

¿Qué pasa con los seres humanos? ¿Por qué nos ensañamos precisamente con el único que habla de amor, de concordia, de tolerancia y de paz, como si atacar a quien no daña a nadie nos produjera algún beneficio?

¿Es que acaso Jesús tiene que mostrarnos a cada uno de nosotros los agujeros de sus manos como si fuera conveniente para Él y no para nosotros, que nos demos cuenta de que solo en su enseñanza está la paz de la que habla todo el mundo?

¿Qué nuestra Iglesia tiene muchos curas alejados de su apostolado? Sí, es cierto. ¿Qué nuestra Iglesia está llena de errores, porque está manejada por nosotros los humanos, que también estamos llenos de errores? Sí, es cierto. ¿Qué existen muchas personas consagradas a Dios, que se sirven del Evangelio para sus propios fines en lugar de servir al Evangelio con devoción y santidad? Sí, es cierto.

¿Qué existen muchas personas lastimadas en su buena fe, por sacerdotes que no deberían llamarse tales, y que esa es una llaga que sangra fuertemente en nuestra alma católica? Sí, es cierto. El Señor Jesús, quiso dejar su Iglesia en esas manos humanas, miserables y sucias, en tus manos y en las mías junto a las de todos los sacerdotes, religiosos y consagrados del mundo, en las manos de todos los laicos, incluso en las de aquellos que atacan a su propia Iglesia con saña de lobos hambrientos.

Pero lo importante no son esas preguntas. Eso es sentarse sobre la inmundicia y ponerse a jugar con ella, porque lo cierto es que las únicas casas que no tienen basura, son las que están deshabitadas. Las preguntas importantes, aquellas que no se hacen los atacantes de la Iglesia, aquellas que jamás aparecerán en Discovery Channel, en el New York Times ni en ningún medio de comunicación, son las siguientes:

Y tú, como católico:

¿Qué has hecho hasta hoy, para que tu párroco no tuerza su camino? ¿Alguna vez mitigaste su soledad, escuchaste sus problemas, lo aconsejaste en sus dudas, lo apoyaste en sus debilidades? ¿Alguna vez preguntaste por esos seminaristas que pasan los fines de semana en el seminario porque no tienen dónde salir? ¿Procuraste hacerte amiga o amigo de una monjita, de esas que pasan sus días en medio de enfermos e indigentes absorbiendo dolor y amargura día tras día?

¿Porqué los medios de comunicación no publican cuántos miles de sacerdotes, consagrados y laicos pasan todas sus vidas junto a los leprosos o en los pabellones de sida? ¿Quiénes dedican sus vidas a acompañar a todos esos ancianos abandonados en todo en mundo, a alimentarlos, a lavarlos, a curarlos, y principalmente, a darles un poco de cariño, una mano para agarrar en el instante de la muerte?

¿Por qué no se publica la vida de tantos y tantos jóvenes que gastan su juventud en los pueblitos más lejanos, en las condiciones más extremas, en soledad y pobreza, donde el único acontecimiento del día es la celebración de la Santa Misa? ¿Porqué nadie habla de las veces que ese curita anciano se sienta solo a la mesa mientras el día decae y él sabe que solo le espera el frío y el silencio? ¿Dónde quedan las ansiedades de ese joven o las angustias de ese anciano?

Y como estas, muchas preguntas más, que seguramente cada uno de los lectores tiene. Son preguntas que salen del corazón lastimado de quienes amamos a nuestra Iglesia, porque somos parte de ella, porque de ella recibimos la guía y la luz del Espíritu santo, preguntas que en su conjunto, son un grito acallado por quienes siguen el ejemplo del humilde carpintero de Nazareth, que supo ser hombre aún siendo Dios.

No vaya a ser, que al fin de cuentas, sea en Buen Pastor el que salga en defensa de su rebaño, y que –como en el Evangelio de hoy- les diga: “Mete tu dedo en mis manos, mete tu mano en mi costado…” Seguramente fue un momento terrible para el pobre Tomás.

Personalmente, yo no quisiera recibir la respuesta, y ruego a Dios con todas mis fuerzas, porque no venga un día en el que Jesús me mire a los ojos y me diga: “Yo no te conozco”.

Sí, amo a mi Iglesia, porque es un regalo de Cristo, y haré todo lo que esté a mi alcance, para seguir amándola por lo que es, no por los defectos que puedan tener los humanos que la componemos, porque de veras, en la balanza hay muchísimo más de belleza que de basura.

viernes, 26 de marzo de 2010

Meditando el Evangelio

Su Hora, mi hora

¿Cuál es la diferencia que destaca a Jesús como Hijo de Dios frente a cualquier otro gran líder religioso de cualquier época o lugar? Porque si nos ponemos a comparar, parecería que las enseñanzas del Señor fueron (en parte) enunciadas también por otros personajes, tales como Buda, Mahoma, y hasta algunos políticos que no vale la pena mencionar. Entonces, ¿Qué es lo que hace único a Jesús nuestro Señor?

A lo largo de su vida, desde el comienzo mismo de su vida pública, relatado en las bodas de Caná, Jesús se refiere muchísimas veces a “Su Hora”. Lo vemos repitiendo una y otra vez “aún no llega la hora”, hasta que terminada la última cena, dice a sus apóstoles: “Ha llegado la hora…”, aunque ellos no atinaban a comprenderlo todavía.

Ningún otro profeta, líder o guía hizo de su vida una flecha que señale el momento de su muerte, y menos aún, que señale su muerte como el sello de la liberación de la humanidad. Únicamente Aquel que sí sabía, Aquel que recibió la misión de Su Padre, solo Aquel que desde el primer día supo cómo terminaría su misión salvadora.

El Evangelio de este Domingo de Ramos del Ciclo “C”, nos relata precisamente por la pluma de san Lucas, los hechos sucedidos en “esa hora” tan terrible, la hora del Señor.

La mejor reflexión que se pueda realizar sobre la pasión del Señor, es aquella que resulte de pasar un tiempo cada día durante esta Semana Santa, mirando el crucifijo desde la humildad de nuestra condición de pecado y de impotencia, desde nuestra pequeñez frente a la enormidad de dolor, de agradecimiento, de gozo y de esperanza que nos muestra Jesús clavado en la cruz.

Y lo más importante, sabiendo que es un acto de amor personal, de infinita ternura, una “prueba” de amor indiscutible, y un mensaje de esperanza y de alegría por la misericordia y el perdón.

La hora de Jesús, está marcada en la historia del hombre, con letras escritas. Son letras que se van uniendo entre sí, y que conforman el más bello poema de amor, escrito con Sangre.

Es Dios, que al morir en semejante forma, da coherencia y verdad a todo lo que Él mismo había anunciado y enseñado toda su vida.

Es Dios, que renunciando a su poder omnímodo, se deja mansamente torturar, humillar, insultar y escarnecer hasta la muerte, encarnando así al cordero sacrificial de todos los tiempos.

Es Dios, que encarna la pobreza del hombre, porque habiendo llevado una vida de pobreza total, termina desnudo, clavado en una cruz, mientras sus únicas pertenencias eran jugadas a los dados, por soldados que ya lo consideraban muerto en medio de sus risotadas.

Es Dios, que encarna la impotencia del hombre frente al mundo, al estar clavado de manos y pies, no pudiendo ni siquiera sacarse de encima las moscas que multiplicaban su tormento lamiendo su Sangre bendita.

Pero esto no quiere decir que la meditación esté dirigida a llenarnos de tristeza ni sumirnos en la depresión. Ese es un argumento inmediatista, que se usa generalmente como un porqué de evitar el esfuerzo de la meditación. “Para mí es mejor ver un Cristo resucitado, triunfante…” se suele decir y es hermoso ver a Cristo glorioso, pero ¿Dónde queda el precio? ¿Dónde queda la cruz?

Debemos acercarnos a la pasión de Cristo, como a un abismo sin fondo, porque el amor de Dios no tiene límites. La contemplación de Cristo crucificado, nos permitirá entrar cada vez más en los misterios de la voluntad del Padre y la divinidad del Hijo a la luz del Espíritu Santo.

Efectivamente, esta es la hora de Jesucristo, y Él despliega, como en un banquete, toda su verdad, toda su luz, toda su bondad, toda su ternura, toda su misericordia. Si lo meditamos impacientes o con poca hambre, llevaremos poco; si tenemos el tiempo, si tenemos el apetito, si tenemos el amor, llevaremos mucho, y encontraremos mucho y comulgaremos mucho. Jesús sirvió el banquete de su amor, y nosotros somos los invitados a disfrutarlo durante esta Semana Santa.

Disfrutemos pues, encontrando toda la riqueza que hay en las palabras “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”, alimentémonos de “Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso”, descubramos las maravillas que hay detrás de “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”.

La mejor oración para la meditación de este Evangelio, está en la primera lectura de hoy, cuando Isaías dice: “Mi señor, me ha dado una lengua de iniciado para saber decir al abatido una palabra de aliento" (Is 50,4), donde eres tú al mismo tiempo el profeta y el abatido, donde eres tú quien recibirá el Espíritu Santo que te ilumine y te haga encontrar las delicias de este poema escrito con tanto dolor.

Así, cuando encontremos que “el velo del Templo se rasgó en dos”, se rasgará también para nosotros el velo que el mundo pone en nuestros ojos, y podremos darnos cuenta de las maravillosas bondades que Jesús nos ofrece en la Casa del Padre. Gracias a Jesús, ya no existe velo, ahora por Él, con Él y en Él, podemos contemplar al Santísimo que estaba velado en el Templo. Jesús nos descubrió a Dios para siempre.

Esta Semana Santa, puede ser entonces, una hermosa culminación de los cuarenta días de oración, penitencia y sacrificio que hemos llevado en la Cuaresma, de tal manera que el Viernes Santo, podamos acompañar a Jesús, contemplando desde los ojos del alma el drama de nuestra redención, doloridos sí por el precio infinito que pagó el redentor, pero esperanzados y contentos porque así se realizó la voluntad del Padre que quiere tenernos eternamente junto a Él en su casa.

Y enseguida, celebraremos la resurrección gloriosa de Jesús, que entrará victorioso para siempre en la gloria que tuvo junto al Padre desde antes de todos los siglos. Entonces sí, habiendo acompañado a Jesús en su camino de dolor y oprobio, podremos encontrar la coherencia de su resurrección y la gloria de su Trono.

Jesús nos invita pues, a meditar esta semana su pasión, no como un hecho histórico que se realizó hacen dos mil años, sino como algo interno, propio de tu alma, como un proceso íntimo, en el que el Espíritu Santo vaya depositando en ella, la luz y la claridad que puede marcar la diferencia entre tu hoy y el resto de tu vida, entre el transitar por este mundo como un producto más de la masa de acontecimientos y la obra personal de un Dios infinitamente poderoso que te ama personalmente, y que personalmente te creó por medio de tus padres, lleno de esperanzas y de orgullo, y que tiene aún mucho que darte en un intercambio de amor contigo.

Por eso Jesús es diferente a todos los demás líderes religiosos, políticos o de cualquier clase, por eso Jesús es único, divino y eterno, porque Jesús convirtió la cruz, signo de oprobio y castigo en La Cruz, signo universal de salvación de amor y de esperanza para todo el género humano, cosa que nadie más hizo ni hará nunca.

viernes, 19 de marzo de 2010

Meditando el Evangelio

El que esté libre de pecado

Estamos entrando a la última semana de esta Cuaresma, en la que hemos ido caminando de la mano del Señor a través de su Palabra. Semana tras semana hemos estado meditando sobre la necesidad de la conversión, de la oración, del arrepentimiento y de la caridad.

Es posible que algunos de nosotros, hayamos llegado a pensar: “¿Entonces, sólo con sacrificio, con dolores, hundidos en el silencio y la soledad, rodeados de tristeza y soledad podamos llegar a salvarnos?”

Y aquí se nos presenta Jesús, con su infinita ternura, con su presencia que es esperanza, luz y dulzura, con su voz llena de comprensión, con sus actitudes que solo dicen: “Te comprendo, te conozco, se lo que eres, pero aún así te amo, ¿Puedes amarme tú? Jesús siempre es motivo de esperanza (“Yo soy la Verdad”), siempre es el Guía que señala la dirección correcta (“Yo soy el Camino”) y siempre es motivo de alegría (“Yo soy la Vida”)

Y vamos a decir también una gran verdad: El problema surge en nosotros.

Resulta por un lado, que todos sin excepción, conocemos muy bien y muy de cerca al pecado, pero por otro lado, no tenemos ni la menor idea de qué hacer con el pecador. Somos muy avispados al mirar el pecado, sobre todo cuando el pecado está en los demás.

Lo reconocemos de lejos, y sabemos que hay que acabar con el pecado. Los judíos tenían a la ley de Moisés, que decía: Lapidación para los dos adúlteros, el hombre y la mujer, (por supuesto, siempre se lapidaba solo a la mujer), pero esa era una ley humana, pero Jesús estaba muy por encima de ella.

Cuánto bien podríamos hacer a los demás, si cuando encontramos a un hermano andando por un camino equivocado, en primer lugar, pensemos en la cantidad de pecados grandes o pequeños, negros o grises, chiquitos o gigantes que están cargados a nuestras espaldas.

De esa manera, en lugar de juzgar o lapidar, nos daríamos cuenta de que ambos somos pecadores, ambos estamos agachados por el peso del pecado, arrinconados contra una pared, y a punto de recibir en cualquier momento las pedradas de los fariseos que nos rodean sin piedad.

Como una de las maneras de aplicar este Evangelio a nuestras vidas, vamos a ponernos por unos instantes en el papel de la mujer. Para actuar como ella, en primer lugar, no podemos empezar a gritar excusas ni pretextos que “alivien” nuestro pecado, no podemos decir que “lo que hizo fulana o mengano me obligó” a tal cosa, no podemos comenzar diciendo “es que…”. El Señor todo lo ve, Él conoce tu alma y la mía, y las mira con la transparencia del agua clara. El Señor conoce nuestro pecado.

Pero Jesús no tiene piedras en sus manos. Dice el Evangelio que Él se agachó y se puso a escribir en la arena con el dedo ¿Por qué lo hizo? Él se agachó para mirarnos frente a frente. Dios infinito, se abajó hasta tu altura y la mía, para que no tengamos miedo de mirarlo a los ojos, y (aunque no lo dice la escritura), lo hizo para transmitirnos su amor, su ternura y su compasión. Jesús se agachó para quitarnos el miedo.

Pudo muy bien hacer bajar un viento que disperse a los judíos, o simplemente hacerlos desaparecer, o transportar a la mujer a un lugar lejano a salvo de sus perseguidores, pero así hubiera salvado a la pecadora, pero no hubiera dejado su enseñanza para el resto del tiempo.

Jesús usó la inteligencia, y con una frase (“El que esté libre de pecado…”) dispersó a los hipócritas moralistas, que querían matar a esa mujer. Jesús nuca corre para acusar. Jesús no te confronta con tu pecado, ni te exhibe a los demás, Él nunca usará tu nombre para poner un escarmiento.

Lo que Jesús quiere, es ver en ti el dolor por haberlo ofendido, quiere ver en tu alma la pena por la ausencia del Padre, el sufrimiento que sientes por tu alma manchada y vejada por el demonio. Jesús no busca hacerte llorar. Igual que con la mujer adúltera, se agacha hasta la altura de tus ojos, y en silencio Él sí derrama lágrimas, porque le duele verte obstinado y degradado, lejos de ser su imagen y semejanza como te creó el Padre.

Jesús no espera, Él solo busca mirar tu arrepentimiento sincero, Él espera encontrar en tus ojos el grito silencioso del ofensor arrepentido, y entonces sí, se pone de pié, y con alegría, con felicidad y con esperanza, te dice: “yo tampoco te condeno, vete pero no peques más.

Esta es la conclusión que se busca en la Cuaresma, esta es la conversión que el Señor espera, y por eso hablamos de arrepentimiento, de penitencia, de ayuno y de caridad, para evitar el pecado, pedir perdón por el pasado, hacer reparación en la persona del prójimo, y tener el propósito de no volver a caer, porque el perdón, el olvido y el Reino no está en nuestras manos, sino en las de quien nos ama.

Videos Provida: Película "Dinero con sangre"