Televisión en vivo de Catholic.net

Mostrando entradas con la etiqueta Editorial. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Editorial. Mostrar todas las entradas

lunes, 8 de diciembre de 2008

Preparando el camino

“Preparen el camino del Señor, enderecen sus senderos” era el grito de Juan Bautista, que hasta hoy sigue resonando en los oídos, martillando la conciencia y urgiendo a revisar en detalle nuestras vidas.

En el Evangelio de San Juan 1,6-8 19-28 de este domingo, se destaca la palabra “preparar”, puesto que si bien muy pronto festejaremos un aniversario más de la llegada al mundo de Dios encarnado, nosotros seguimos esperando su segunda y definitiva venida en gloria y majestad, y es para ella, que se nos urge estar preparados.

En este tiempo, en el que todo se considera con relación a la comodidad o al placer que produce, es bueno considerar que puede fácilmente ser pecado (y grave), el pensar que ya encontramos a Dios, que ya hicimos todo lo necesario para salvarnos, y que no necesitamos hacer nada mas para preparar como se debe la llegada de Cristo, que se presentará “como ladrón” el rato menos pensado.

No es verdad, que estamos preparados, porque vamos a Misa los domingos, no matamos a nadie, no robamos, y alguna vez arrojamos una moneda a un pordiosero.

No es verdad que estamos preparados porque rezamos una vez por semana o porque pertenecemos al apostolado.

La actitud de espera, significa el estar conscientes de nuestras debilidades, de aquellas cosas en las que caemos continuamente, y que sabemos perfectamente que no van de acuerdo con Aquel que esperamos.

Recordemos el día de nuestro cumpleaños, nuestra graduación, o nuestro matrimonio. Con seguridad que los preparamos desde varios días antes. Buscamos la mejor ropa, planeamos los mejores platos. Cuántos de nosotros, nos pusimos a dieta para lograr entrar en el traje o el vestido, acudimos con ansias al salón de belleza o la peluquería, e hicimos todo cuanto fuera necesario, para estar radiantes. En pocas palabras, nos pusimos de fiesta, “preparamos” la fiesta.

Ahora, de lo que se trata, es de hacer carne en nuestro corazón, la misma necesidad, porque resulta que el que va a llegar, no es un invitado cualquiera, nuestra fiesta, no es una fiesta cualquiera. Es el único invitado, y la fiesta en si es Él mismo. Es Jesús, es Dios, es la belleza encarnada, es la perfección, es el dueño mismo de la creación que llega. ¿Cómo no hacer todo de nuestra parte, para que se sienta bien, para que esté a gusto, para que en nuestro corazón sonría, se alegre y disfrute de la bienvenida?

No se trata de una postura social, no se trata de hacer que los demás nos vean, admiren nuestro entusiasmo o nuestras cualidades. Se trata de que este invitado único, conoce íntima y totalmente hasta el último rincón de nuestro corazón, y que aún conociendo aquellos cuartos donde ocultamos la suciedad y los trastes rotos, sabiendo que muchas veces ponemos lo barrido bajo la alfombra, que muchas otras aprovechamos la noche para tirar la basura en el patio del vecino, aún así nos ama y espera quedarse a vivir junto a nosotros.

Este nuestro invitado, no trae como Santa Claus regalos que se consiguen en cualquier centro comercial. No es un viejito gordo, al que nunca llegaremos a ver con los pies colgando de la chimenea. Nuestro invitado no le agrada al mundo, porque no invita a comprar nada, ni se presta a aparecer contando en cuanta propaganda exista. No es un invitado de una temporada. Y ¿saben? Cristo no llega con la enorme bolsota llena de regalos, porque todos sus regalos, llegan con Él, dentro mismo de su tierno Corazón.


El personaje que esperamos, aquel para quién debemos preparar su llegada, nos trae regalos que se quedan marcados en el alma. Nos trae compasión, nos trae paz, nos trae sencillez, humildad, sabiduría, caridad, nos trae todo aquello, que realmente hace que nuestras almas exulten felicidad, plenitud, alegría.

Él pone las luces para la fiesta que no dura una sola noche, Él trae los manjares, y los postres, con Él llega la música de los ángeles y las danzas de los santos. En una palabra, Él es la fiesta, porque con Él llega también la misericordia y el perdón, la plenitud de la felicidad.

La navidad, es realmente hermosa e incomparable, pero siempre y cuando, no sea una fiesta de un solo día. Si hacemos el esfuerzo por vivirla no tanto en el plano físico y más en el plano espiritual, ésta navidad puede llegar a ser el verdadero punto de quiebre, puede ser recordada siempre como el “antes” y el “después”, porque de veras, podemos tener un 2009 lleno de problemas, pero también lleno de paz y de amor.

A eso se refería San Juan, al gritar “Preparen el camino del Señor, enderecen sus senderos”, porque no se puede preparar el camino sin enderezar el sendero sobre el que irá ese camino. No es Cristo quién desviará el camino para que se adecúe a nuestro sendero, sino que somos nosotros los que debemos abrirle la puerta, para que Él entre.

Vale la pena escuchar los gritos de San Juan en el desierto de nuestras vidas ¿no?

lunes, 24 de noviembre de 2008

Editorial: Si Cristo es Rey, ¿Dónde está su Reino?

Celebramos la fiesta de Cristo Rey, y por eso nos parece buena idea preguntarnos cuál es el Reino de Cristo, dónde está, y cómo lo podemos conocer, puesto que durante todo el año hemos venido repitiendo nuestra esperanza de que Él vuelva pronto.

Muchas veces, cuando pensamos en el Reino de Cristo, lo hacemos imaginando ese paraíso de praderas verdes bellísimas, arroyos cantarines y árboles por doquier, con pájaros que pasan por el cielo cantando, mientras varias personas en trajes vaporosos cantan y bailan en el pasto de una colinita que se recorta sobre el horizonte. ¿Verdad que es una estampita preciosa?

La verdad es que nadie ha visitado el Paraíso y ha vuelto para contarnos cómo realmente es, y por eso, se suele aceptar como válida cualquier imagen de paz y felicidad que podamos imaginar.

A mí, me gusta más pensar en el Reino que yo reconozco para Cristo, en ese lugar de mi corazón, donde Él es reconocido como tal, donde su voluntad se cumple sin discusión, duda ni temor, allá donde (aunque con trabajo y esfuerzo), llego a dominar mi yo altanero y desobediente, ese lugar donde todo mi ser se vuelve dulce y tierno, donde brillan mis buenas intenciones, donde reside lo mejor de mí.

Es evidente, que por mi humanidad débil y traicionera, muchas veces dejo que se infiltre en ese reino el hedor de mis pecados, también es cierto que muchas otras veces se infiltra mi propia imagen, y se adueña del reino, convirtiéndose en ese temible mandamás que nunca se sacia, y que me hace correr detrás de mis instintos animales, que me hace disfrutar del rencor, del deseo de venganza, de la ira, del chisme traicionero, del mal trato, de la respuesta ríspida como un puñal, es verdad que el Reino de Cristo muchas veces se lo arrebato yo mismo en mi alma, pero para mi bien, Él siempre se queda cerca, muy cerquita mío, susurrándome al oído palabras de amor y de perdón, dejándome entrever su cercanía con caricias y ternuras que son tan sutiles, que a menudo las confundo con las cosas del diario vivir.

Pero no, no es el diario vivir, es Cristo, mi Cristo que quiere ser siempre mi Rey. Y no es que Él me necesite para nada, o que yo tenga algún valor adecuado para sus deseos de reinar en mí. Es que solo Él encuentra belleza en mí, porque me ama. Porque cuando me creó, lo hizo con muchas esperanzas, lo hizo con ternura y delicadeza. Me amó desde el principio, y me amó tanto, que me concedió esta libertad de la que con tanta frecuencia abuso, y que Él tanto respeta, incluso cuando mi mal uso lo lastima… hasta que Él derrama una lágrima mientras sonríe, porque aún así, sucio y descarriado, me sigue amando.

¿Cómo no luchar entonces, para hacer que sea siempre mi Rey, el Rey de toda mi vida, el que gobierna, el que manda, el que doblega y el que levanta, el que da y el que quita, y que espera mi respuesta, no en términos de dinero, de genuflexiones, de actos notables ni de grandes hazañas, sino simplemente en términos de amor, de entrega y servicio en su nombre y por su amor?

Cristo es Rey, es el Rey de toda la creación, es por quién se hicieron todas las cosas, y sin embrago, es al mismo tiempo en mendigo del amor. Por eso contestó a Pilatos, que su Reino no es de este mundo, pero también por eso les dijo a los apóstoles que estaría con nosotros todos los días hasta el fin del mundo. Porque su Reino no es de la tierra, sino del corazón.

Cristo como Rey, no desea para su trono riquezas, joyas, oro ni plata. Él quiere que el trono que yo le prepare en mi corazón, esté hecho de actos concretos de amor a mis semejantes, de justicia, de perdón, de humildad, de paciencia y tolerancia, todo bañado con el brillo de la caridad.

¿Que suena utópico, que parece difícil? ¡Claro que es difícil, pero utópico no! Basta elevar la mirada al cielo, basta reconocer nuestra inutilidad para avanzar, basta con mirar nuestra impotencia y nuestra falta de fuerzas, para que Él, Rey de reyes, corra a nuestro lado, limpie nuestras basuras, y recueste nuestra cabeza en su costado abierto precisamente para que de él mane agua de vida, de alegría, de felicidad. Entonces si, nuestra alma se parece a un prado verde, ondulado con arbolitos y pájaros que cantan y pasan volando, porque así se siente cuando entregas tu alma como sede de ese magnífico Rey.

viernes, 14 de noviembre de 2008

Editorial: ¿Y… qué hice yo con los talentos?

Ya llega el Adviento, y es preciso prepararnos para recibir al Salvador. Muy pronto comenzará un nuevo año litúrgico, y éste que pasa, entrará en la gaveta de aquello que ya no podemos cambiar, pasó, y sólo cada uno de nosotros sabe qué es lo que nos deja en el alma. Es bueno entonces, examinarnos un poquito, para comenzar a hacer nuestra lista de propósitos para el próximo año, en el que el Señor nos regalará una oportunidad más para acercarnos a Él que nos espera con el corazón ansioso.

La parábola de los talentos, nos habla de que no solo es cuestión de poseerlos, sino que la condición para sentir “el deber cumplido”, la de hacerlos producir, y hacia allí debemos caminar todos.

Sin embargo, en esta oportunidad, es bueno meditar también en una situación que no toca ninguna de esas situaciones, sino que el empleado que recibe los talentos (no digamos uno ni dos, sino de verdad, pensemos en cinco o más), no los hace producir, ni los entierra, sino que, como la mayoría de nosotros, los utiliza para divertirse, conseguir sus propios fines, acumular riqueza o escalar las tortuosas gradas del poder, de tal manera, que cuando llegue el amo, ni siquiera podremos devolverle lo que nos dio.

¿Cuántas veces he usado las capacidades (léase talentos) que el Señor me ha regalado, para desde mi poltrona acusar, manipular o humillar a mis hermanos en busca de mi comodidad? ¿Cuántas veces he usado mi posición (otro talento regalado) para mirar hacia abajo únicamente con ojos de crítica o desdén, olvidándome del rostro de Cristo que contempla mi actitud con dolor y pena? ¿Cuántas veces he dejado de hacer algo que debía, cargando a los demás aún con mis obligaciones, para luego “calificar” con rigor el resultado en lugar de agradecer?

Indudablemente, todas las facilidades que se nos presentan en la vida, todas aquellas cosas que nos distinguen particularmente de los demás, todas las habilidades con que nacimos, son parte de los talentos que el Señor nos encomienda no solo cuidar en esta vida, sino que nos pide además, trabajar para sacar de ellos frutos que sean de utilidad y servicio a los demás. En otras palabras, aquellas gracias que al nacer son adornos de cada uno, debemos trabajarlas con humildad, para convertirlas en virtudes, porque frente a Dios, el único adorno valedero y precioso, es la forma en la que repartimos amor y servicio a los demás.

Es muy fácil cumplir las obligaciones litúrgicas, y veamos el cómo y el porqué: Cuando la sociedad espera que presentemos al nuevo hijo, cuando desea reunirse a comer y beber, cuando quiere mostrar su nivel económico y agasajar a los amigos, entonces sí, “hay que bautizar al bebé” (aunque a veces el bebé ya aprendió a fumar el año pasado). ¿Qué pasó con la salvación de su alma, con su incorporación como un nuevo miembro del Cuerpo Místico de Jesús, como un nuevo hijo de la Iglesia, con el compromiso de criarlo como un buen católico, guiarlo y enseñarle a ser un hombre de bien? “Ah, por supuesto, eso también, pero lo que nos preocupa es la fiesta, los invitados…” contestamos.

La Primera Comunión, es otro gastadero, otra fiesta, que el traje nuevo, que los zapatos, que las invitaciones, que la comida y los tragos, “y encima, nos obligan a ir a unos cursillos para hablarnos lo de siempre”, y por supuesto, nos olvidamos del ejemplo al niño o niña, dejamos para lueguito una charla sobre la trascendencia del momento, sobre la maravilla de recibir en su alma al Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad del mismísimo Redentor del mundo, porque hace tanto tiempo que pasó la última vez que tuvimos una Comunión con Jesús…

¿Matrimonio religioso? “Tenemos que hacerlo, porque sus padres lo exigen”, aunque “para mí, es solo un papelito sin valor, porque el compromiso es de corazón a corazón”, y luego pretendemos construir una familia feliz… en la que por supuesto, la felicidad se basa en el tamaño y la marca del televisor.

Y ni qué hablar del servicio a los necesitados, a los pobres, a los enfermos, a los ancianos, a tantos y tantos que pasan noches de dolor y silencio, de abandono y desesperación a veces al lado mismo de nuestra casa, o peor aún, en el dormitorio de abajo, donde la abuela está sentada contemplando la fotografía en blanco y negro del abuelo fallecido hace unos meses.

No, la verdad, es que ni siquiera hemos enterrado los talentos que se nos encargó guardar y hacer producir. Simple y alegremente, los desperdiciamos, los gastamos en la ruleta de la vida, contentos y satisfechos… hasta que llegue el Patrón.

Y cuando Éste llegue, no nos mirará a los ojos, ni a la cara, ni a la ropa, Él mirará qué es lo que queda detrás de nosotros. Mirará nuestras huellas, calificará la forma en que cumplimos su encargo de amarnos como Él nos amó. Él mirará las caras de aquellos que puso a nuestro cuidado, nuestros hijos, nuestros padres, nuestros hermanos, nuestros inferiores jerárquicos, nuestros enfermos y nuestros ancianos, y… ¿sonreirá… o llorará?

lunes, 10 de noviembre de 2008

Eitorial: Buscando aceite

Desde los tiempos del profeta Oseas, el hombre ha tenido la esperanza de llegar a vivir una intimidad tal con Dios, que entre ambos puedan conocerse íntimamente, tanto como se pueden conocer ambas personas de un matrimonio, y de ahí viene la forma de representar a Dios como el esposo, que en el Evangelio de este domingo XXXII del tiempo ordinario nos presenta el Evangelio, con la parábola de las diez vírgenes.

Si analizamos el relato bajo la lógica mundana, podríamos encontrar algunas fallas, entre ellas por ejemplo, que si cinco se quedaron sin aceite y las otras no les quisieron pasar del suyo por temor a quedarse sin luz, lo lógico hubiera sido que las imprudentes se pegaran a las prudentes, y así hubieran compartido la luz entre todas. Por otra parte, ¿Cómo hicieron para encontrar una tienda abierta a media noche en esa época y conseguir así el aceite que les faltaba?

Pero las parábolas, no son relatos para distraernos, ni cuentos para contar a la luz de una vela. Son enseñanzas profundas y sabias, que siempre terminaban con las palabras de Jesús: “El que tenga oídos que oiga…”, o sea que Él dejaba que el oyente ponga el final, que interprete el significado espiritual de la parábola, y extraiga la enseñanza, la riqueza, la moraleja, el alimento para el alma, nunca para el cerebro.

El Señor nunca quiso quedar en la historia como un cuentista o un seglar. Él vino como el Maestro de toda la humanidad, para mostrarnos la forma en que el Padre nos ama, para mostrarnos cómo es el AMOR con mayúsculas, y terminó su enseñanza diciendo “…como Yo los he amado”, que puede interpretarse como: “Ya les he mostrado todo, ya les he explicado todo, ya lo han visto en Mí, en mi vida y mi obra, ahora, hagan lo mismo”

Visto de esta manera, comprendemos el significado de las diez vírgenes y sus lámparas sin aceite, su desesperación, su angustia e impotencia al ver llegar al esposo, y no poder verlo, ni tampoco hacerse ver con él. Así comprendemos también, y casi podemos ver a estas cinco jovencitas imprudentes, que gastaron su aceite en la puerta del palacio, para alumbrarse mientras jugaban, chismeaban y reían alegremente. Podemos imaginar los chistes contra las prudentes, las miradas, las murmuraciones entre ellas, las críticas y los insultos… y también podemos imaginar la tranquilidad de las prudentes a la llegada del esposo, y la desesperación de las imprudentes al ver cerrarse las puertas.

Hoy en día, ¿a qué cosas le podríamos llamar “el aceite para las lámparas”, que se gasta sin prudencia y sin responsabilidad? Cuántos de nosotros hemos pensado muchas veces, que tenemos tiempo por delante, que aún estamos jóvenes, y que “el Señor es tan bueno, que no va a dejar que a mí me pase nada”, y mientras tanto, minuto que pasa, es minuto que el nivel del aceite baja, y baja, y baja… y el esposo se acerca.

Con toda la cantidad de cosas que el mundo nos fascina a cada instante, llegamos a creer que incluso encontraremos “aceite ecológico”, recién inventado por algún pensador amanecido, que pretende descubrir el secreto de la última cena, la última tentación de Jesús, o hasta la tumba de Cristo. Cuántos lugares que hoy nos ofrecen “aceites” fabulosos, discotecas, modas, comerciales, películas, etc. y etc., que llenan el tanque de nuestra lámpara, y que (lo peor de todo), tú y yo sabemos que llegado el momento, no encenderán ninguna luz para nosotros ni para nadie.

¡Qué peligro!, llegado el momento, pondremos el fósforo en la mecha, y lo podremos dejar hasta quemarnos el dedo… y nada. La lámpara se quedará mas apagada que la superficie de la luna. Vacía y fría, sin vida.

Quizás entonces, sea una buena idea, buscar nomás el viejo y sabio aceite, aquel que ni siquiera se vende, sino que se regala en los templos, aquel que brota como un geiser de la biblia bien leída, aquel que desperdiciamos cada domingo mientras “pajareamos” en la misa, aquel que podemos recoger a cambio de un plato de comida dado con amor a un pobre, aquel aceite que no solo enciende la lámpara, sino que también endulza el alma, aquel que te permite llegar a la cama con paz, cubierto por el amor del que lo fabrica y que quiere con todo su ser vernos recibirlo a manos llenas de la fuente misma: su Corazón abierto por una lanza en el Calvario.

Si, el aceite es oración, es entrega, es comunidad, es esperanza, servicio, humildad, ahora sí podemos decir, que el aceite es “Este es Mi Cuerpo que se entrega por ustedes, hagan lo mismo en memoria Mía”

¿Verdad que sí?

miércoles, 1 de octubre de 2008

Editorial: Los hijos del viñador

La parábola de los dos hijos que Jesús planteó a los escribas del Templo, fue un planteamiento muy claro para evaluar las conductas, tanto del que dijo que no y al final fue, como del que dijo que sí, pero no fue a trabajar en la viña de su padre. Y la infinita riqueza de las parábolas de Jesús consiste en que tienen también infinitas maneras de aplicación.

Por nombrar alguna, diremos que recalca la obediencia a la orden del Padre, aún en contra de la propia voluntad. Nos plantea la reflexión de ver cuántas veces cada uno de nosotros ha recibido el mismo encargo, y siempre terminamos por no cumplir, con alguna disculpa y… hasta la próxima oportunidad.

Pero esta vez queremos detenernos en otra actitud. Aquella del que cumple la orden del Padre, pero no sin antes negarse a cumplirla. No nos detengamos en el hijo, puesto que ya los escribas calificaron su actitud. Por palabras del mismo Jesús, nos consideramos hijos del Padre. Así lo repetimos a diario cuando rezamos el Padrenuestro, y por eso es muy posible que más de una vez hayamos cumplido con sus pedidos en medio de refunfuños, gruñidos y enojos, y al final, nos sentimos con la tranquilidad del “deber cumplido” ¿no?

La pregunta es: ¿Cómo queda el corazón de ese Padre, que no hace otra cosa que amarnos, cuando con toda crudeza le decimos que no, aunque al final lo hagamos, de mal humor, y a medias? Todos los que somos padres, conocemos el sabor amargo de la negativa de un hijo, cuando tratamos de guiarlo en contra de su voluntad equivocada. Y creo que podemos imaginar a ese Dios amante, paciente y misericordioso, viviendo esa misma amargura, ese mismo dolor, cuando nos negamos a hacer algo, aunque luego lo hagamos a regañadientes.

Peor aún resulta de reflexionar sobre el corazón del Padre, cuando recibe un sí de nuestra parte, que finalmente no se cumple. “Lo voy a perdonar Señor” decimos, mientras seguimos pensando en hacerle sentir nuestro enojo de mil maneras. “Voy a mejorar mi carácter, ya no protestaré tanto ni maltrataré a mis hijos cuando no cumplan algo” repetimos, y a la primera oportunidad, nos falta boca para tratar de inútil, torpe, tonto al que vuelve a romper otro vaso de la vajilla, o se sale sin pedir permiso por enésima vez.

¿Qué pasará por el corazón del Padre, que escucha con alegría nuestras promesas en cada comunión, y segundos más tarde nos mira salir de la Misa con las mismas miserias que llevamos al ingresar? ¿Cómo será el dolor de Dios, cuando nos envía sus pedidos, sus encargos, y nos susurra sus deseos a través de las lecturas o la homilía, y no escuchamos, porque estamos absortos en el vecino, en los vestidos o los zapatos? Abruma pensar que ese Padre Amoroso, nos deja caer una lluvia de bendiciones al terminar cada Misa e instantes después, las dejamos con indiferencia en las puertas del templo.

Vistas las cosas de esta manera, es menester que consideremos que las actitudes de ambos hijos, son muy propias de nosotros los pecadores, y que tenemos la inclinación tanto a negarnos, así como a aceptar sabiendo que no vamos a cumplir.

¡Cuál es el modelo entonces? ¿A quién deberíamos tomar como ejemplo para seguir, y así estar seguros de contentar a nuestro Padre? Pues está muy claro, al Hijo que pasó su vida cumpliendo el encargo del Padre. A Aquel que entregó su vida en manos de sus hermanos, simplemente por amor, por su donación total y por conocer a fondo el corazón del Padre al que obedecía.

Aquel que en el momento más difícil, en la tentación más dura, en la angustia más espantosa, cubierto de sudor de sangre, dijo con humildad. ”Hágase tu voluntad y no la mía”. Ese es el Hijo que siempre está dando contento y gloria a su Padre. Es Jesús, ¡bendito sea!, que asume el papel de Buen Pastor, para vigilar por nuestras caídas y nuestras levantadas, para perdonarnos, lavarnos y volver a presentarnos ante el Padre, con la misma confianza y la misma esperanza de que sí, esta vez sí cumpliremos, y aceptaremos con alegría y fe cada una de las órdenes de nuestro Padre, que espera por nosotros en la puerta de la casa.

Por eso Jesús, el nombre sobre todo nombre, es nuestro modelo, nuestra meta, y el objetivo de nuestro corazón.

lunes, 22 de septiembre de 2008

Editorial: En la viña del Señor

La parábola de los viñadores de última hora, debería ser una lectura de permanente reflexión en los grupos apostólicos, sobre todo en función a la creación de la comunidad que aspiramos a tener en nuestras agrupaciones, para así participar del Cuerpo Místico de Jesús, que es su Iglesia universal, la Iglesia Católica.

Cuando el Señor nos mira lleno de amor y nos invita a ir a su viña, siempre la promesa es la misma: “Yo les pagaré lo justo”. Y en el lenguaje de Dios, lo justo es ni más ni menos que “lo justo”, o sea, que el Señor no ofrece la paga con miras a negociar, no concede aumentos, ni privilegios; el Señor es el Justo Juez, que mira lo profundo de nuestras almas, y por eso sus sentencias son inapelables.

Nuestra alternativa, es aceptar el trabajo en la viña, o quedarnos en la plaza, contemplando cómo se desgranan nuestros días, simplemente mirando el pasar de los demás, muchos de los cuales irán de paso a la viña, y otros, camino del bar de la esquina, donde además de perder sus días, los cubrirán con la neblina del alcohol, la música, el baile y los gritos y cantos de la sociedad que pulula en el bar, pero aún así, el Señor lleno de paciencia y bondad, nos buscará al día siguiente en la plaza, nos sonreirá con esperanza de ser escuchado, y volverá a invitarnos: “Vayan a mi viña, allá Yo les pagaré lo justo.”

Pero no termina todo con el traslado a la viña. Más aún, podríamos decir que es ahí donde comienzan los problemas. Apenas llegamos, empezamos a darnos cuenta de lo mucho que nos falta para comprender el deseo del Señor, de que en su viña hagamos una comunidad, una familia unida por los lazos del amor, tal y como Él nos ama.

Comenzamos por darnos cuenta, de que en los dormitorios, las mejores camas ya están ocupadas, los mejores colchones ya tienen dueño, los platos más grandes son para los más antiguos, de tal manera, de que nos toca dormir en el suelo y detrás de la puerta, y a la hora de comer, nos toca un platillo de desayuno, con sopa fría y sin carne adentro. “¡El puro caldo!” Pensamos. ¿Y en cuanto al trabajo? ¡Ni hablar! Nuestros surcos son los más lejanos, los que más piedras tienen, los que menos agua reciben… en otras palabras, no hacemos otra cosa que comparar lo que se nos dio, y perdemos de vista, que si no hubiéramos ido a la viña, seguiríamos sentados en la plaza sin comer, viendo pasar a los demás.

Unos antes, y otros después, entre empujones y golpes, llegamos a darnos cuenta, de que en la viña en realidad el patrón no hace diferencias, son los obreros que las hacen, unos porque se imponen, otros porque no se atreven a reclamar, y los más, por pura indiferencia (llamémosla tibieza).

Pero los verdaderos problemas, comienzan cuando el Amo se dispone a pagar el jornal a cada uno, porque durante todo el día de trabajo, nos hemos pasado pensando en los méritos que vamos dejando, en la mayor cantidad de horas que trabajamos, y no dejamos de comparar la calidad de nuestras uvas, el tamaño de nuestras canastas, con las de los demás.

Ay de alguno, si sospechamos que empieza a hacerse notar más que nosotros, o si lo sorprendemos con mejores uvas o canastas más grandes. Los empujones se convierten en mordiscones, la mayor parte de las veces a ocultas y como al descuido, y hasta a veces no dudamos en ponerle un par de pedrones en la canasta, para que le resulte más pesada y así lleve menos uvas a la bodega, y ¡Ay de él, si lo sorprendemos cogiendo algún racimo de “nuestro” surco!.

Por supuesto, todo esto sucede, cuando el Amo no está a la vista, cuando creemos que nadie se enterará de nuestro comportamiento, y nuestras acciones hasta podrían quedarse ocultas en algún rincón de la viña. Por supuesto, esto no sucede, porque resulta que aunque no podamos verlo, el Amo sí puede verlo todo, solo que nos ama tanto, que aunque nuestras miserias lo lastiman profundamente, Él sufre, pero respeta la libertad que nos regaló.

Lo que debemos buscar, es darnos cuenta, de que a la hora de la paga, todos cobraremos igual, todos llegaremos al reino de la promesa, porque el dueño, el Amo, hace lo que quiere, y Él ha dispuesto por amor, darnos SU reino como paga. La felicidad eterna.

Cuán diferente es, si trabajamos todos juntos, si dejamos de mirar las canastas del vecino, si por el contrario, nos ayudamos para cargar más, para que el trabajo de todos sea más ligero, más alegre, más tranquilo y más rápido, y así podamos, al caer la tarde, disponer de unos minutos para todos juntos, sentarnos a la sombra de un cedro alrededor del Amo, y dejar que Él nos cuente de su familia, de su Padre Todopoderoso, de su Madre Santísima, y del amor que siente por ti y por mi. ¿No sería en todo caso mucho mejor?

lunes, 8 de septiembre de 2008

Editorial: Habla con tu hermano

“Si tu hermano ha pecado, vete a hablar con él” dice el Señor, dejando en claro cuál es la base sobre la cual los hombres debemos solucionar nuestros desencuentros, y nuestras diferencias. Evidentemente, es una instrucción muy sencilla, y a la vez, lleva el sello de la sabiduría de Dios, su simplicidad y la sencillez con la que podríamos alcanzar una vida plena entre nosotros los hombres.

Normalmente, al escuchar esta lectura, solemos poner nuestra memoria en la balanza de la justicia, y pensamos en los muchos errores de los demás que con esta instrucción estamos autorizados y respaldados para hablar con “ese” hermano al que venimos “soportando” desde hace tiempo.

Sin embargo, esta instrucción nos enfrenta directamente con una de las mayores debilidades con las que debemos luchar en nuestro día a día, ya que si miramos bien en el fondo de nuestra propia alma, seguramente nos encontraremos con algunas sorpresas que ni siquiera esperábamos, puesto que en otra lectura el Señor pone una condición: “El que no ha pecado, que tire la primera piedra.” Existen pues varias condiciones para poder hacer lo que el Señor nos pide:

Para empezar, como todos somos pecadores, y todos hemos caído en algún momento de nuestras vidas, deberíamos partir de que nuestra capacidad de calificar de pecado a alguna actitud de nuestro hermano, es correr un serio riesgo de presunción o pre juzgamiento. ¿Por qué será que la misma actitud es pecaminosa cuando la comenten los demás, mientras es aceptable cuando la comente uno mismo? Es que siempre nos olvidamos poner en un platillo de la balanza a los otros, y en el platillo restante, ponernos a nosotros mismos. Ahí es cuando comienzan las sorpresas, y la necesidad de comenzar con el cambio en nosotros, buscar nosotros nuestra santidad en lugar de exigir la de los demás. Claro, cuando nuestra intención es actuar con Cristo presente ¿no?

Entonces, ¿En qué quedamos, hablamos con nuestro hermano sobre sus pecados, o nos callamos, cometiendo pecado de omisión y además asumiendo la complicidad, que de por sí es otro pecado?

La instrucción que nos da Jesucristo en esta lectura, no es únicamente una exhortación para hablar con los demás cuando vemos que se está haciendo algo que nos perece que es malo o que puede perjudicar. Es una invitación, una exigencia de ver la “viga” en el ojo propio, que nos obliga a que ese hablar, sea fundado en la humildad más grande, puesto que se habla de pecador a pecador. Es un hablar con el corazón abierto, que nos lleva a, en primer lugar, escuchar las razones del hermano para hacer lo que está haciendo, y en segundo lugar, a prestarle nuestra ayuda desinteresada que le permita salir del atolladero, o aclarar su actitud, de manera que no se generen dudas en otros miembros de la comunidad que también podrían interpretar las cosas a su modo. Y por último, es una oferta de socorro y auxilio, si es que él reconoce estar cometiendo algo que sea pecado, porque, ¿qué clase de actitud cristiana podría ser la de hacerle notar a alguien su pecado, y abandonarlo luego para que se las arregle como pueda?

Es también de suma importancia, notar que el Señor nos enseña en primer lugar, hablar “a solas”. Este hablar a solas, implica sobre todo, evitar el prejuzgamiento, el etiquetar determinadas actitudes de los demás, dentro o fuera de la categoría de pecados, puesto que el hablar a solas implica escuchar y ser escuchado, implica hablar en igualdad de condiciones, implica la charla entre hermanos, hijos del mismo Padre que está en el cielo, seguidores del mismo Cristo que es nuestro Señor, y portadores del mismo Espíritu Santo que se nos donó en el bautizo. Por eso es que en primer lugar se nos pide hablar a solas, de corazón a corazón.

Por último, el Señor dice que en última instancia, se debe presentar al hermano en la comunidad. La comunidad hasta ese momento, no debería estar informada, sobre todo por nuestra boca, de la falta de nuestro hermano. No es cuestión de comentarlo en todos los corrillos, en todas partes, de tal manera de que nuestro hermano llegue ya condenado por rumores y sin posibilidad de explicarse o aclarar su actitud. Nuestro silencio, puede significar en casos extremos, la vida o la muestre (en la comunidad), de un hermano, que al igual que nosotros tiene virtudes y defectos, y que igual que nosotros lo suplicamos en todo momento, merece nuestra misericordia y nuestro perdón. Nunca debemos olvidar, que la comunidad es la familia que nos une en torno al Señor del Perdón, aquel que es todo amor, cuya misericordia supera en mucho a su justicia, y que algún día Él seguirá siendo el Juez y nosotros los acusados.

Un pensamiento que nos puede orientar mucho, es preguntarnos: ¿Qué hubiera hecho María, si Judas hubiera acudido a ella, antes de colgarse en el árbol? ¿Cómo habrá recibido la Madre a Pedro, cuando llegó luego de negar tres veces al Señor? ¿Qué les dijo la Virgen a los once cuando llegó destrozada del Calvario? María Madre de Dios y Madre nuestra, María modelo de los cristianos, María intercesora ante su Hijo por todos nosotros, María, la que extiende su manto sobre el mundo entero, Ella es el modelo, ella es la que nos muestra cómo actuar en todo momento.

lunes, 1 de septiembre de 2008

Editorial: Entre Pedro y el Cireneo

Posiblemente, una de las más difíciles tentaciones que vencer, es la de escurrir el bulto cuando se nos presentan posibilidades de sufrir dolor, incomodidad, humillación, etc.

Es admirable cómo se nos agudiza el ingenio, se abre la mente, y salen las palabras con tanta facilidad, cuando tenemos que inventar algún justificativo por una falta, aunque sea ésta un simple retraso (si es que podemos llamar simple a usar el tiempo de las personas que nos esperan), y lo remarcable es que normalmente cometemos estas faltas precisamente con las personas que dependen de nosotros de alguna forma. Cuántas veces, llegamos con una máscara de “estoy muy ocupado”, o urdimos toda una trama de eventos cercanos o lejanos, que nos justifican esa falta, así sea LA falta, esa que repetimos constantemente confesión tras confesión.

Cuando sentimos cariño, amistad, lealtad o cualquier otro sentimiento por alguna persona, no nos resulta agradable saber que pronto estará en problemas. Comenzamos por hablarle con ternura, y de acuerdo a la intimidad o a la dependencia que nos ate a esa persona, tratamos de advertirle, de aconsejarle, de evitarle aquello que le está por venir, puesto que nos angustia que nuestros seres queridos, nuestros amigos cercanos, caigan en peligros de cualquier tipo.

“No te angusties, a ti no te puede pasar eso”, le decimos, “Vas a ver que no sucederá, es imposible que tengas ese cáncer, (o pierdas ese dinero, o vayas a parar en la cárcel), Nosotros te protegeremos, no te van a agarrar solo”. Y seguimos diciendo frases de ese tipo, con el deseo sincero de cambiar la angustia de nuestro amigo por tranquilidad y confianza.

Pero, como siempre, nuestra manera de pensar es distinta. Nunca podremos ni siquiera intuir los planes que el Señor tiene para nosotros, la forma en que su amor a veces nos hace padecer para pulir alguna arista, alguna imperfección en la joya que solo Él puede hacer con cada uno de nosotros.

Y es muy loable ver que un amigo salta en ayuda, en protección a su amigo, es muy alentador encontrar un alma cercana que trata de hacer algo para evitarnos sufrimiento. Eso es lo que encontramos en la actitud de Pedro, de ese Pedro tan maravillosamente humano, tan cercano a nosotros, tan frágil, pero también tan impulsivo, que no duda en acercarse al Maestro con el que había compartido tanto tiempo, cuando Él les dice que tenía que sufrir mucho, hasta la muerte en la cruz.

Pedro había estado con Jesús ya casi tres años. Recorrió con Él innumerables caminos, incontables noches de charlas y enseñanzas sentados junto al fuego a la orilla de algún camino. Pedro amaba a Cristo, aunque a ratos perdía de vista su condición de Mesías, y lo veía como al amigo, al Maestro que tanto les enseñaba aún siendo más joven que él. Pero no llegó a ver que por ese deseo de ni siquiera pensar que le pudiera pasar algo malo a Jesús, le estaba brindando en bandeja una terrible tentación, la de no cumplir la Misión salvífica por la cual había encarnado en el seno purísimo de María su Madre.

Y podemos hacernos una idea de la magnitud de la tentación que sufrió Jesús, cuando vemos que Él, que hacía pocos días le había nombrado Pedro, y había anunciado su decisión de edificar Su Iglesia sobre esa Piedra dándole las llaves del cielo, se da la vuelta y lo reprende: “Atrás de mi, Satanás”.

Pobre Pedro, que no podías comprender que para Jesús, nada había ni hay, más importante que la Voluntad de Su Padre, y que al hablarle de esa manera, estabas avivando el temor y la angustia de Dios, que se preparaba para sufrir. Pobre Pedro, que te dejaste llevar por tu amor humano con ese amigo divino al que amabas profunda pero irreflexivamente. ¿Dónde estabas Pedro, cuando tu Maestro cargaba su cruz camino al Calvario?

La lectura de Mt 16,21-27, nos deja entonces varias enseñanzas.

La primera, es que como Jesús, nuestra reacción debe ser rápida y contundente, cuando algo o alguien nos sugiere allanar nuestro camino torciendo la voluntad de Dios, aunque esta tentación venga de personas que nos aman con sinceridad.

La segunda, es la de estar siempre alertas a la posibilidad de servir de escándalo (tropiezo) o tentación a otra persona, aunque sea por impulso de amor, alentándolo a que deje de cumplir lo que Dios ha puesto en su camino.

La tercera, es que movidos por nuestro amor, por nuestra lealtad, tenemos que alentar, ayudar, sostener a nuestros hermanos que tienen que pasar por la cruz.

Reflejándonos en este pasaje del Evangelio, resulta mucho más hermoso, cuando encontramos a alguien en peligro, en enfermedad o en problemas, que en lugar de ponernos en el papel de Pedro, nos pongamos en el papel del Cireneo.

Es mayor expresión de amor ayudar a cargar la cruz, que empujar a evitarla en contra de la voluntad de Dios.

lunes, 25 de agosto de 2008

Editorial: Tú eres Piedra

Una aplicación del Evangelio de esta semana a nuestra vida, nos lleva a contemplar entre otras muchas posibilidades (como siempre sucede con la Palabra de Dios), por una parte el reconocimiento de Pedro (y nuestro) a Jesús como el Mesías, el Hijo de Dios Vivo, el Enviado del Padre, prometido desde el inicio de los tiempos, para redención y salvación de la humanidad.

Siguiendo ésta línea, podemos detenernos en hacer la pregunta de Jesús, como dirigida a nosotros mismos, y con seguridad nuestra respuesta, nos lleva a darnos cuenta de la verdadera necesidad de tomar más en serio la cercanía que Dios desea tener con el ser humano, incluidos tú y yo, su deseo de una relación íntima y personal, y de ahí podemos, mediante la contemplación de este misterio tan maravilloso, observar las muchísimas veces que Él ha susurrado a nuestros oídos las muestras de su amor, tan poderoso, tan real y tan presente, que llega hasta la sutileza de una ternura infinita, que acaricia el alma aún cuando por nuestras accionas, nos ponemos en el “bando contrario”.

Esta presencia tan cercana de Jesús, debe ser una constante en mi vida, y debo repetir su pregunta constantemente: “¿Quién dices tú que soy Yo? Porque, si me reconoces como tu Mesías, como tu Salvador, no puedes dejar de reconocerte a ti mismo como mi enviado, como mi embajador, para que muestres al mundo con tu manera de vivir, todo lo que Yo ofrezco, lo que he venido a enseñar, por lo que he dado mi vida misma.”

Quizás entonces, lo que me está haciendo falta, sea estar plenamente consciente (las 24 horas del día), de mi condición de embajador de Cristo. “Esto no te lo ha revelado la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos”, significa que aquello que yo siento como una verdad en mí, no es algo innato, ni es fruto de mi inteligencia ni de ninguna de mis capacidades, sino que viene directamente del Padre, que Él en persona se fijó en mi, me amó aunque yo no lo conocía, y decidió elegirme como una piedrecita más del edificio de su Iglesia, o sea, me miró como a algo útil para sus planes, se complació en asignar un valor a mi vida, me puso entre los materiales buenos para su construcción.

Él se acercó a mi pobreza, para revelarme que envió a Su Hijo para salvarme a mí. Al reconocerlo a Él como a mi Dios, debo reconocer también, que mi condición de enviado, me coloca en un sitial de privilegio frente a mis instintos y todas las pequeñeces en las que suelo caer tan frecuentemente. Al darme la condición de enviado, me dio también la autoridad y la dignidad suficientes como para que yo lo represente, como debe representar un embajador a quién lo envía.

Pero, al saber que Él es un Dios bueno y misericordioso, también debo reconocer que conoce muy bien mis miserias, mis debilidades, y que por amor, las ha ocultado en lo profundo de su Corazón, y por eso, cuando me mira, me sigue amando, mantiene su confianza y su esperanza en mí, ¿Cómo entonces, no responderle con la misma altura, con la misma confianza, con la misma esperanza, con el mismo amor?

Si hago el esfuerzo de mantenerme constantemente en el ejercicio de mis funciones, en la responsabilidad y el privilegio de mostrar al mundo qué es lo que Jesús hizo, y hoy mismo sigue haciendo en mi vida, entones también puedo mantener para mí la promesa de ser parte de la construcción de su Iglesia. Cuando Jesús eligió a Pedro como la piedra sobre la que levantaría tan hermoso edificio, no dejó al azar el resto de la construcción. Jesús nos vio también a ti y a mi, y supo en qué muro, en qué lugar nos veríamos mejor, encajaríamos perfectamente, y seguramente, como cualquier artista, sonrió complacido.

¡Qué esperanza tan linda tenemos los católicos, si logramos aprender a vivir las enseñanzas de Cristo!, pero no debemos descuidarnos, porque sabemos que hay un enemigo, que no duda en llenarnos de lodo, queriendo hacernos inservibles para nuestro arquitecto. Es necesario mantenernos en vigilia constante, para limpiar nuestras impurezas, nuestras aristas, que por feas y filosas, no dejan de lastimar las manos de Jesús, ya heridas por los clavos. Debemos observarnos constantemente en el espejo de sus ojos, para mantenernos limpios, tallados y pulidos como Él nos necesita y nos quiere.

Porque cuando Él necesite ponernos en el muro, sería muy bello que nos coloque junto a nuestros seres queridos, nuestros padres, nuestros hijos, nuestros amigos, y que cuando nos contemple sentado junto al fuego de la chimenea, suspire contento y orgulloso del brillo de cada una de esas piedras elegidas con tanto amor.

lunes, 18 de agosto de 2008

Editorial: Jesús, Hijo de David

La cananea tenía una hija que estaba atormentada por un demonio, y esa situación, es muy parecida a la que tenemos nosotros en algunas áreas de nuestra vida. Vivimos atormentados por uno o más demonios, que no nos permiten avanzar en ningún sentido, que nos tienen atados a ese pecado recurrente, que lo notamos solamente cuando acudimos a la confesión, y nos damos cuenta de que es el mismo de la semana anterior, y de la anterior a esa, y así sucesivamente hasta perdernos en el tiempo.

Con cuánto gozo nos acomodamos, cuando sospechamos que vendrá un chisme “sabroso”, y con qué atención escuchamos, para no perder detalle, y así poder contarlo luego a otros, por supuesto, aumentando o corrigiendo algo de nuestra propia cosecha. “Te cuento algo, pero es un secreto. Me dijo Fulanita…” y mientras tanto, ese demonio se regodea de felicidad en nuestro interior, porque sabe que en el menor tiempo posible, estaremos también diciendo “Te cuento algo, pero es un secreto…”

Ese demonio que nos tapa la boca cuando queremos pedir perdón, ese que nos hace ver nuestra altura cuando alguien nos presenta un trabajo, ese mismo demonio que nos hace levantarnos de mal humor, tirando mordidas a diestra y siniestra a toda la familia, ese demonio que nos hace gritar insultos y groserías cuando alguien no adivina nuestros deseos, ese demonio que se rasca la panza cuando nos mira humillar a los que están al alcance de nuestro poder, ese demonio que nos hace mirar con odio por detrás, y nos hace sonreír con dulzura de frente, y así, etcétera, etcétera, etcétera.

¡Feliz la hija de la cananea, que tenía un solo demonio! Si por arte de magia, podríamos llegar a ver los demonios que cada uno lleva adentro, ¿Se imaginan el espectáculo que sería? Y peor aún, si nos ponemos a pensar que Dios sí puede verlos. Él los ve permanentemente, Él puede vernos a ti y a mi, tal y cual somos espiritualmente, Él ve todo, y sin embargo, perdona, olvida y vuelve a esperar pacientemente, con la misma dulzura, con el mismo amor de siempre, con la misma esperanza en que algún día nos pongamos a sus pies gritando como la cananea “Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí”

Ya no importa si lo que recibamos sean o no migajas de la mesa, ya no importa si molestamos o no con nuestros gritos, con nuestras súplicas, porque nuestra necesidad de su amor y su perdón es muy grande. Solo Él, con su infinito amor, intercederá ante su Padre, y nos liberará de estos demonios que tanto quieren perdernos.

Los gritos de esta cananea, llamaron tanto la atención, fueron tan insistentes, se prolongaron por tanto tiempo, que ella consiguió que los mismos apóstoles intercedieran por ella a Jesús: “Atiéndela, mira cómo grita detrás de nosotros.”, y es bueno saber que aún hoy, podemos conseguir que esos mismos apóstoles, junto a muchos santos interceden por nosotros, cuando escuchan nuestros gritos “Jesús, Hijo de David, ten compasión por mí”.

Nuestra esperanza, es que sabemos dónde podemos encontrar a Jesús en cualquier momento, sabemos que Él, con todo su amor, con todo su poder, por su propia voluntad, quiso quedarse precisamente para brindarnos la oportunidad de que acudamos a sus pies a gritarle nuestras penas una y otra vez, sin desmayo, sin cansancio, sin miramientos, una y otra y otra vez: “Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí”. Ahora sabemos, que con su pasión, su muerte y su resurrección, ya no somos “perritos” que debemos esperar a que alguna migaja caiga de la mesa, puesto que Él nos ha convertido en invitados al banquete, y maravillosamente, Él invita, Él recibe a las puertas, Él sirve la mesa, y Él es el alimento maravilloso que nos da vida y en abundancia. ¿Podríamos pedir un Dios más bueno, más poderoso, más misericordioso?, porque para entrar al banquete, no se conforma con lavar nuestras ropas y dejarlas blancas, sino que nos viste con ropajes nuevos, blancos y relucientes, conforme a la altura de su banquete celestial.

Estamos atormentados por ese demonio que cada uno de nosotros sabe su nombre. Es cierto. Pero ahora sabemos con certeza, que está en nuestras manos el arrojarnos a sus pies con esa jaculatoria que el mismo Jesús calificó de buena: Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí. Está en nuestras manos acordarnos de la cananea, y gritar y gritar sin parar, hasta que Él se vuelva, y premie nuestra fe como a la cananea, y nos libere, nos sane, nos santifique, y nos abra la puerta de su banquete celestial.

martes, 12 de agosto de 2008

Editorial: ¡No teman, soy Yo!

Mateo 14, 22-33, al relatar el pasaje en el que el Señor se acerca a sus discípulos caminando sobre el agua, comienza señalando una vez más la costumbre que Él tenía, de retirarse con frecuencia a orar en soledad.

Qué necesario nos es pues a nosotros, buscar con frecuencia unos minutos de soledad para hablar con Cristo nuestro Señor. Si Él lo hacía con tanta asiduidad, ya podemos imaginar cuán necesario debe ser para nosotros el poder hablar con Dios, consultarle, preguntarle y ofrecerle todas nuestras pequeñas cosas, a fin de que lo que hagamos, sea fructífero, bueno y constructivo para el Reino en la tierra.

Muchas veces, la falta de un contacto permanente con Dios a través de la oración, hace que nuestra pequeña barca se aleje de la orilla, que empiece a navegar sacudida por las olas de la vida en medio de la oscuridad y el rugir del viento. Cuántas otras, sentimos que nos vamos a hundir si remedio, y luchamos denodadamente, buscando soluciones que no se dan, porque están alejadas de la voluntad de Dios, y ¿Cómo podríamos reconocer sus llamados, si ya hemos olvidado el sonido de su voz, si hace tanto tiempo que nuestros oídos solo están atentos a lo que nos presenta el enemigo?

No está demasiado lejana la posibilidad de que veamos en medio de la tormenta a Jesús que se acerca a nosotros, trayéndonos soluciones, paz, descanso, y nos ponemos a gritar, porque lo confundimos con un fantasma. Es más, se ha vuelto común, escuchar en los medios de comunicación, que todo aquello que huele a Dios, a religión o moral, son los fantasmas que llevamos los “fanáticos” que nos aferramos a vivir lo que nos enseña la Iglesia Católica desde mucho antes que nacieran nuestros padres.

Cuán común se ha vuelto encontrar hermanos, que entusiastamente (igual que Pedro), bajan de su barca y comienzan a acercarse a Jesús, y a los primeros embates del viento mundano, la comodidad o los miramientos, se hunden sin remedio, porque no atinan ni siquiera recurrir a Él gritando también como Pedro “Sálvame Señor”, y dejan vacía la mano amorosa que ansía sacarlos del peligro desde el Sagrario.

Cuántas veces el Señor nos dirá al oído: “¿Por qué dudas? ¿Por qué no agarras mi mano, si está a tu alcance?, agárrate a Mi, estoy aquí, a tu lado, sal del agua, no te sientas solo, estoy contigo en todo momento.”, mientras nos empeñamos en salir a flote sujetos a nuestra pobre capacidad de flotar, de nadar, de mirar en medio de la noche a la barca que se aleja irremediablemente, teniendo al alcance de nuestras manos la salvación, el auxilio, la vida en Jesús.

Todos llevamos nuestras propias cargas, y ellas nos hunden más por su propio peso, que junto a nuestra carga de humanidad nos jala hacia el fondo. Solo la poderosa mano de Aquel que da la vida por nosotros, por cada uno, por ti y por mí, solo la mano de Jesús nos puede mantener a flote, pero para ello, es necesario que sepamos reconocer su voz, que estemos permanentemente acostumbrados a mirarle, a conversar con Él, a que nos escuche, pero también nos cuente de su vida y sus deseos, de todo aquello que tiene para darnos y también todo aquello que desea que nosotros le demos. De otra manera, es muy posible que en lugar de pedirle la salvación, nos alejemos de Él, pensando como los apóstoles, que es un fantasma.

A veces, la idea de salir de la seguridad de la barca, nos produce miedo, porque sabemos que ello implica dejar la comodidad, la seguridad, la costumbre. El pensar que deberíamos dejar de vivir como siempre lo hemos hecho, que deberíamos hacer algo por los demás, que deberíamos dar aquello que se acumula en la casa, que deberíamos atender con más tiempo y más ternura a ese anciano que conocemos, que sería bueno visitar a ese enfermo o ese preso, incluso pensar que deberíamos perdonar a esa persona que nos hizo daño, nos produce miedo, pánico, terror.

Felizmente, a lo largo de las Escrituras, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, Dios dice siempre lo mismo para anunciar su presencia o a sus emisarios, y lo repite a los apóstoles que gritaban en la barca: “No teman”. No tengamos miedo, Él nunca dejará uno solo de nuestros esfuerzos sin recibirlo lleno de amor y esperanza, Él siempre estará a nuestro lado, esperando que lo miremos como a nuestro Dios, pero también con la confianza de nuestro hermanos, con la sabiduría que le proviene del Padre, pero también con la ternura del Hijo, esperando que cuando Él nos lleve de vuelta a nuestras barquitas, le repitamos agradecidos: “Verdaderamente, Tú eres el Hijo de Dios”.

lunes, 4 de agosto de 2008

Editorial: 5 panes y dos peces

Si observamos la lectura del evangelio de esta semana, vemos en ella, que Jesús no hizo aparecer de la nada los panes y los peces para toda la multitud, que muy bien hubiera podido hacerlo, “Denles ustedes de comer” dice a sus apóstoles, que le presentan con sentido de pobreza los cinco panes y los dos peces que traía un muchacho …Y comieron hasta saciarse 5000 hombres sin contar a mujeres y niños.

Esta lectura nos muestra, que aquello que poseemos, aunque lo consideremos escaso y pequeño, si lo entregamos a Jesús, si lo dejamos en sus manos, alcanza perfectamente para alimentar a toda una multitud, y quedarán aún muchos canastos de sobras.

Ahora bien, cabe preguntarnos: ¿Qué es lo que tengo yo para ofrecérselo al Señor?. Sobre todo suele ser esa la pregunta, cuando pensamos que nuestro radio de acción se limita a una casita de oración, o la familia. ¿Qué tengo como para que el Señor obre milagros con lo mío?

La Gran Cruzada del Amor, en su mensaje 162, nos aclara esta pregunta, cuando el Señor nos dice: “Si aman con pureza y sinceridad, aprendan a multiplicar cada vez más para que puedan repartir su amor en Mi Nombre, háganlo como su Maestro que Ha multiplicado panes y peces para toda la humanidad, hasta la eternidad. Recuerden, hijos Míos, el amor es infinito, no tiene peso ni medida.”

Es así de sencillo, tan simple, como simple es el amor de Dios. Como seres humanos, tenemos infinita capacidad de amar y de ser amados. El encargo de Jesús “Ámense los unos a los otros como Yo los he amado”, nos aclara aún más, porque Él nos amó sin límites, hasta dar la última gota de su sangre.

Por lo tanto, todo lo que necesitamos, es amar. Amar sin retaceos, sin diferencias, sin condiciones, sin excluir antipatías, ni preferir simpatías, sin condiciones. Solo amar buscando entregar a los pies de Cristo, un amor puro, de donación, de entrega y de sacrificio.

No es fácil, puesto que nuestra condición de imperfección humana nos jala permanentemente hacia abajo, pero por el contrario, podemos contar con la presencia de Jesús en medio de las multitudes. “Dales de comer de tu amor” nos dice al oído cada vez que nos sentamos a la mesa familiar, cada que se reúne nuestra casita de oración, cada vez que asistimos a un CASANE, a un hospital o a una cárcel. “Dales de comer de tu amor” es su pedido constante, “hazlo como Yo, como tu Maestro, que te amo sin límites, que perdono tus abandonos y tus descuidos, que te amo sin que tú siquiera me lo hayas pedido. Dales de comer de tu amor.”

Si alguna vez sentimos que no tenemos qué entregarle al Señor, basta que nos postremos ante el Sagrario, y en el silencio de nuestra alma, Él nos irá mostrando los dones que guardamos en el alma como si fuera una alacena, que a veces son tantos, que ya nos olvidamos de lo que pusimos allá.

El Señor, al pedirnos que le entreguemos nuestros panes y nuestros peces, lo hace, porque tiene sus esperanzas puestas en nosotros, porque desea ardientemente que como Él mismo nos pidió en la Última Cena, hagamos memoria de Él, y partamos nuestro cuerpo traducido en ayuda física, en tiempo, en trabajo, en servicio a los que lo necesitan, y nuestra sangre traducida en oración, evangelización, compañía, atención, cuidado, amor a tanto solitario, tanto necesitado que camina en medio de la multitud, agonizando de hambre de Dios y de sus hermanos.

El mundo hermanos, está como está, porque nos hemos acostumbrado a mirar solo hacia adentro, porque lo que no nos toca, ya no nos importa, porque preferimos hacernos a un lado en el camino si nos topamos con nuestro prójimo herido, porque hemos terminado por considerar que el prójimo solo es el que vive bajo el mismo techo, y eso, no es lo que quiere el Señor.

Cinco minutos frente al Sagrario, a los pies de Jesús oculto en la Hostia Sagrada, nos mostrarán que en realidad, son mucho más que cinco panes y dos peces que ocultamos. Nos mostrarán, que la pobreza de nuestra entrega, en realidad no es porque no poseemos, sino que no queremos dar lo que podríamos.

martes, 29 de julio de 2008

Editorial: El rechinar de dientes

Ya sea que se trate de los bendecidos por el Padre, la buena semilla, los invitados a la boda, la perla preciosa o el tesoro escondido, a lo largo del evangelio, Jesús explica de muchas maneras y con muchas figuras, lo que será el premio que espera a los que sean conducidos a la derecha del Padre.

Dejando de lado el concepto de eternidad, porque es demasiado grande para la mente humana, podemos unir todos los ejemplos, y hacemos más o menos una figura de felicidad sin límites, de contemplación de la gloria de Dios, de vida en medio de la corte celestial, etc. Es la meta que deseamos ardientemente alcanzar, y para ello, debemos esforzarnos cada día, tratando de dominar a nuestras miserias, nuestras pequeñeces, que nos conducen a alejar a Dios de nuestra vida.

Grande es el deseo del Señor, (y lo hace de muchas maneras), para hacernos comprender, que salgamos del acomodo en nuestro egoísmo, y busquemos su Reino en nuestros corazones, porque a ese Reino, no se puede ingresar sin ser “Santo, como Santo es nuestro Padre que está en el cielo”.

Sin embargo hay unas palabras constantes, invariables, que deberían llevarnos a hacer una severa reflexión, que nos proporcione aún más argumentos sobre la necesidad de iniciar la conversión con la urgencia con que Él mismo ve ese chispazo de tiempo que dura nuestra vida. Cristo quiere nuestra conversión ya, hoy, no mañana ni en otro momento, sino hoy, y veamos por qué.

Todas las parábolas que describen lo que es el cielo, terminan con la separación de la cizaña, de los que son del enemigo, pero en lugar de emplear figuras, repite siempre lo mismo: “Ahí será el llanto y el rechinar de dientes”

El Señor, no habla de figuras, sino de actitudes: llanto y rechinar de dientes. Es que una vez alejados para siempre de la presencia de Dios, el tormento, será sin duda el llanto de la falta de esperanza, el llanto de la ausencia de Dios, el llanto de esa angustia sin fin y sin descanso, pero nos estremece más aún las otras palabras: “el rechinar de dientes”

Ese rechinar, nos habla con claridad, de rabia, de furor, de odio, de impotencia e incapacidad. ¿De qué? Pues simplemente, de la imposibilidad de una nueva oportunidad para corregir lo que hemos ido postergando por sentirnos muy jóvenes, muy poderosos, muy exitosos, o simplemente por flojera de tomar las cosas como deberían ser.

Y es esta última actitud (la de no tomar las cosas como deberían ser), la que a nuestro juicio, producirá ese rechinar de dientes: “¿Porqué no actué cuando debí hacerlo?, ¿Por qué no tomé en cuenta cuando me lo dijeron?, ¿Porqué no escuché “ese día” en la homilía? Y mil “porqué mas… pero tarde.

La Misericordia de Dios, se nos manifiesta precisamente en el regalo de cada nuevo día, nosotros esperando poder alcanzar nuestras metas, y Él esperando escuchar nuestra voz arrepentida. Nosotros con la displicencia con la que derrochamos nuestro tiempo, y Él esperándonos en la oscuridad del Sagrario. Nosotros pasando alegremente tantas oportunidades, y Él sangrando por tantos regalos que dejamos atrás . ¿Hasta cuando?

lunes, 21 de julio de 2008

Editorial: ¿Quién es la cizaña?

Una tentación muy común, y en la que solemos caer con demasiada facilidad, es aquella de tomar la actitud de los trabajadores de la parábola del trigo y la cizaña. Nos creemos discípulos por el simple hecho de estar trabajando en el campo del Señor, y cuando vemos que aparecen plantitas de dudosa apariencia, de inmediato, con el celo encendido, nos disponemos a separar la cizaña del trigo.

Es que somos medio discípulos, y no existe nada más peligroso que un medio discípulo. Conocemos al dueño del campo, sabemos quién es, pero no conocemos su sabiduría, no entendemos a su corazón, que lleno de amor mira con horror la posibilidad de que en medio de la cizaña sea cortada una plantita de trigo, que con tanto amor colocó en la tierra.

Es fácil conocer el poder de Dios (con una palabra resucita a un muerto), pero es difícil conocer la sabiduría de Dios, sus cuidados, sus providencias, sus ternuras, sus mil formas de transformar con el correr del tiempo la cizaña malvada, en trigo productivo. ¿No fuimos acaso cizaña cuando deambulábamos en medio de los placeres del mundo?

Y comenzamos esta reflexión mencionando a la tentación, porque tenemos muchísima facilidad para clasificar a los demás. Fulanito es un santo, menganito es un pecador, los de aquel grupo no son buenos, los de aquel otro no hacen tal o cual cosa, en fin, no tenemos problemas en diferenciar trigo de cizaña, sin darnos cuenta de que todos estamos en este mundo, como producto del amor de Dios, sabio e infinito, misericordioso y clemente. ¿Cómo podríamos pues distinguir una cosa de otra, si a veces nos pasamos la vida entera tratando de conocernos a nosotros mismos? ¡Conocemos a Dios, pero no conocemos su Corazón!

En esta parábola, Jesús nos pide ser pacientes y caritativos unos con otros, nos invita a mirarnos a todos como plantas de un mismo terreno, y nos advierte de que al final, se nos reconocerá por los frutos que le entreguemos, pero frutos agradables a los ojos de Él mismo, no a nuestros ojos, que no saben ver con el filtro de la sabiduría de Dios.

Al habernos creado como seres sociales, nos asigna también el papel de la levadura. Cada uno de nosotros es levadura en medio de la harina del mundo, destinada a fermentar y convertir así la masa en pan, en alimento a ser consumido a favor de los demás. Por eso es que deberíamos ser muy cuidadosos en vigilar la clase de fermento que somos, en lugar de andar tratando de encontrar los defectos que tiene la harina que el Señor nos entrega.

De esta parábola, debemos recoger la paciencia del sembrador, que durante todo el tiempo, riega y cuida a todas las plantas por igual, y que muy claramente nos pide no tratar de separar trigo de cizaña, porque Él bien sabe de nuestras pequeñeces, de nuestra facilidad en equivocarnos, de la rapidez con la que etiquetamos a los demás, y del daño que así podemos causar en el resto de su sembradío, porque puede resultar que nos preocupemos mucho de separar al buen trigo como nuestro, y que un día tengamos que quedarnos contemplando nuestras propias espinas lastimando al trigo.

Es buena idea, desconfiar siempre de nuestras capacidades, de nuestros dones, de nuestras posibilidades, porque esa especial manera que tenemos los seres humanos (de todos los niveles), de ver siempre con aumento hacia adentro, y con disminución hacia fuera, ese deseo permanente de colocar un embudo como regla social, nos hace especialmente permisivos con nosotros mismos, y especialmente exigentes con los demás. ¡Es tan fácil acomodarse en nuestros gustos, y exigir que les gusten a los demás!, y eso es así, porque conocemos a Dios, pero no conocemos su sabiduría, que deberíamos buscarla en los pliegues de la ternura de su Corazón.

Por eso, en el cumplimiento de nuestra misión evangelizadora común a todos los cristianos, pongamos especial cuidado en vivir el amor de Cristo cada día con más perfección, en transmitir ese amor con la largueza con que lo recibimos nosotros mismos, hasta que veamos un “nosotros”, cuando queramos ver un “yo”

lunes, 14 de julio de 2008

Editorial: Lo que los pájaros se comieron

La parábola del sembrador que la Iglesia nos propone como lectura de la Santa Misa de esta semana, es tan inmensa en su riqueza, que se pueden escribir libros enteros en base de ella. Vemos a Jesús, que sale de la casa a sentarse a orillas del lago, seguramente con el deseo íntimo de un tiempo de soledad y oración con su Padre, pero al ver a la multitud, se sube a la barca, y desde allí, nos deja esta maravillosa enseñanza.

Parte de la semilla que tira el sembrador, cae al borde del camino, y vienen los pájaros y se la comen. ¡Cuántas semillas hoy en día caen al borde del camino!

En un programa de televisión, al referirse a un llamado que realizó determinado gobierno para que los ciudadanos acudan a inscribirse en una institución, decía: Fue como las campanadas llamando a Misa, no asistió nadie.

¡Qué tristeza, qué pena, escuchar en un país que se dice ser mayoritariamente católico semejante expresión! La Santa Misa, que es el lugar por excelencia donde se proclama (léase se siembra) la Palabra de Dios, es sinónimo de ausentismo, de indiferencia, de abandono.

Por otro lado, un político decía: Si cualquier partido político del mundo lograría reunir la cantidad de gente que reúnen los católicos cada domingo, lograría realizar cualquiera de sus planes sin inconvenientes. Son millones de personas, que domingo a domingo llegan a los miles de templos.

Estas dos situaciones, nos muestran por un lado, que en realidad, son muy pocos lo que, diciéndose católicos, asisten a la celebración de la Santa Misa dominical, y que la mayoría de aquellos que si lo hacen, salen del templo tal y como entraron. No han recibido nada. Dicho de otra manera, la semilla que Dios sembró con su Palabra, con su sacrificio incruento, con su presencia completa, con la entrega de su Cuerpo y su Sangre en alimento para nosotros, cayó al borde del camino, y vinieron los pájaros, y se la comieron.

Dice Jesús en el Evangelio, que su Palabra no debe retornar sin producir algún fruto. Entonces, ¿qué hacemos nosotros con todo lo que nos regala Jesús en cada Misa? Porque, si hiciéramos una encuesta sencilla a la puerta del Templo, podríamos ver con vergüenza, qué pequeña es la cantidad de gente que recuerde alguna palabra del Evangelio o de la homilía.

En nuestra comunidad católica, pululan demasiados pájaros, demasiadas aves negras, que ni siquiera dejan a la semilla tocar la tierra, que se la comen con tanta rapidez que ni nos damos cuenta de lo que perdemos. Son los pájaros de la soberbia, de la vanidad, del miramiento social, de la falta de conciencia de la presencia de Dios Vivo en el Sacramento del Altar, de la indiferencia y el descuido espiritual, en fin, de tantas y tantas cosas, que hoy en día ocupan nuestra atención, tapando a Dios, que no hace otra cosa que estar atento a colocar amorosamente semillas en nuestro corazón en cada instante de nuestras vidas, pero especialmente durante la Santa Misa.

Allá, el Señor nos espera día tras día, para que participemos en su banquete de amor. Allá está presente el cielo entero, con María a la cabeza, prestos y expectantes para adorar a Jesús, cuando se hace presente en la Hostia Consagrada, allá están todos los santos, escuchando la Palabra de Dios, que es esa agua viva que una vez bebida, ya no se tiene sed. Allá está la solución a todas nuestras angustias y nuestras inseguridades, allá está el perdón, el olvido de nuestros males, allá está el dueño de la Misericordia, a quien nada podemos ocultar, y sin embargo, nada nos niega, porque Él está allá únicamente para darnos amor, con la esperanza de que nosotros lo repartamos entre nuestros hermanos como Él mismo nos lo pidió.

No podemos seguir asistiendo a la Misa, como el lugar donde mostrar nuestro último traje, el lugar donde demostrar nuestras ternuras con los hijos, o donde criticar a los demás. No podemos seguir dejando que esos miles de semillas que contiene cada lectura del Evangelio, cada palabra de la homilía, cada oración, cada comunión, se pierdan entre los picos filosos de nuestros pájaros sociales e irreverentes.

Dios no es ningún chiste, no es un personaje venido a menos con el paso de los años, jamás se tiene suficiente edad para dejarlo de lado, ni se es tan sabio como para encontrar que no lo necesitamos, porque cuando la desgracia toca a nuestra puerta, cuando la soledad rodea nuestro sillón preferido, cuando el eco del silencio ensordece nuestros oídos, cuando somos nadie para esa sociedad a la que le dimos nuestro tiempo, entonces es que comprendemos cuán lejos nos hemos ido de la casa de nuestro Padre, cuán equivocados hemos vivido.

Hermano, hermana, tú y yo ya hemos perdido demasiado tiempo, y ya es hora de emprender el retorno, pero en serio. Es hora de abrazar a nuestro Padre que pasó tantas horas mirando a lo lejos, esperando vernos llegar, y para comenzar el camino, hagamos lo posible para evitar que las semillas destinadas a nuestro corazón, caigan a la vera del camino.

Jesús no dejará de tirar semillas de amor y esperanza mientras tengamos vida. Solamente nos queda decidir ponernos de pié, para evitar que sigan bajando los pájaros, y se coman tus semillas y las mías.

miércoles, 9 de julio de 2008

Editorial: La carga ligera

Parecería que Jesús se contradice cuando dice por una parte: “mi yugo es suave, y mi carga es liviana”, y por la otra dice: “El que no carga con su cruz y viene detrás de mí, no es digno de mi”, y quizás ese es el punto clave para entender lo que Él mismo decía, cuando anunciaba la llegada del Reino.

¿Qué hacer entonces?, porque no podemos negar que a los ojos de una gran parte de los seres humanos, se considera como una estupidez el hecho de elegir un yugo (sinónimo de esclavitud y sometimiento) de cualquier clase, cuando una de las premisas de este tiempo es ser ante todo “un triunfador”. Entonces, veamos cómo es el yugo de Cristo nuestro Señor.

La vida del ser humano, está indefectiblemente, regada de momentos felices, tristes, alegres, solitarios, dolorosos, angustiosos, y un largo etcétera, y ni siquiera el Señor nos ofreció una vida donde solamente hubieran momentos de los agradables. Cuando llega la alegría, el triunfo, la felicidad, nos sentimos plenos de dicha, y siempre quedamos con la sensación de que fueron momentos muy efímeros, demasiado rápidos, y al ser éstos, momentos de gozo, no nos referiremos a ellos en esta reflexión.

Cuando tocan a nuestra puerta la tragedia, el dolor, la angustia, la fatiga o la enfermedad, aunque sean por un instante, siempre nos quedamos con la sensación de que duraron una eternidad, y que no puede existir mayor sufrimiento que el que acabamos de pasar.

Sin embargo, la presencia de Cristo en nuestra vida, cambia radicalmente todo el panorama. Si los momentos de gozo vienen como un don, como regalos de un Dios lleno de amor, entonces si podemos disfrutarlos plenamente, conscientemente, y además con el sentido de la gratuidad, lo que lo hace doblemente satisfactorio.

Por el otro lado, el dolor humano, ese gran desconocido, y tan ampliamente sentido por todos nosotros, ese compañero infatigable, que nos acecha en los mínimos pliegues de la vida, y que tiene la habilidad de caernos encima justo cuando menos lo esperamos, dejándonos sin aliento y sin fuerzas, esos momentos negros y silenciosos, sin solución visible, que nos sumen en la impotencia y la desesperación, inexplicablemente, se transforman en tiempo de paz y de gozo, en tiempos de comunicación íntima con el único que lo puede todo, con aquel de quién nos olvidamos, y que cuando ve salir nuestras lágrimas, acaricia nuestros corazones con dulzura, y nos comunica su paz.

La presencia de Cristo, no es un mero enunciado lírico, no es una postura social, ni una muletilla que se repite en labios de unos cuantos fanáticos ¡No!, la presencia de Cristo cuando de veras se lo busca con humildad, con deseo de entrega, con reconocimiento de nuestra nada frente a su infinita misericordia, es un hecho real, que muchos católicos pueden atestiguar fehacientemente.

Cristo es el único que puede llenar nuestro corazón de tal forma, que no quede en él espacio para la angustia o la desesperación. Es Él quien poniendo nuestra cabeza sobre su costado herido, deja que mane agua de vida mientras nos lava las heridas con su sangre de perdón. Cristo es el Buen Samaritano, que dejándolo todo, los lava las heridas con el bálsamo de su infinito amor, por eso dijo: “Mi paz os dejo, mi paz os doy”, porque cuando Él se hace presente en nuestros corazones debilitados por el dolor, nos infunde vida, esperanza, alegría y paz.

Él no hará desaparecer el dolor, tampoco cambiará las cosas milagrosamente. No es un talismán que vaya evitándonos el sufrimiento. Él sabe muy bien cuán necesaria es la cruz de cada uno para conseguir la salvación, por lo tanto, no esperemos que haga aparecer como mago de feria las soluciones, y que si le pedimos con fuerza, sacará de su sombrero el dinero para que desaparezca nuestra angustia. Lo que si hará, es llenar nuestro corazón de paz, de aquella paz que nos permitirá encontrar las soluciones, que nos hará caminar más seguros, que nos acompañará con la seguridad de que su Espíritu Santo nos iluminará en base a la verdad y el amor.

Cristo lo es todo, tanto en los buenos momentos, como en los malos, porque es nuestro Dios, y al habernos creado de la nada, nos amó desde antes de nuestra concepción. Él es el Buen Pastor, que levantando a sus ovejitas heridas, asustadas, angustiadas por el matorral espinoso de la vida, nos acuna en su pecho llenándonos de calor y esperanza.

Por eso es que si estás cansado y agobiado, debes acudir a Él, porque el yugo de Cristo es suave, y por eso es que su carga es liviana.

miércoles, 2 de julio de 2008

Editorial (29/jun al 5/jul.) Y tú, ¿Quién dices que soy?

La misión del cristiano es (de manera insoslayable), la de presentar a Cristo vivo a todos los demás, y para nosotros los laicos, la forma de realizar esta misión, es mediante nuestro testimonio de vida, es decir, mediante la forma en que actuamos en cada instante, ya sea en el secreto de nuestra mente, o abiertamente en la vida diaria en la sociedad.
Con base en ese pensamiento, la pregunta de Jesús a sus discípulos: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?”, se traslada como una seria interrogante, que deberíamos aplicar cada uno de nosotros, con respecto a qué estamos haciendo con nuestra vida.


¿Quién dices tú que soy cuando…

  • Sucede en tu casa algo que no va de acuerdo con lo que tú querías, y comienzas a gritar, a maltratar, a insultar, humillar ese ser que no puede contestarte en la misma forma, y que debería recibir de ti amor y protección?
  • Llegas a tu oficina o lugar de trabajo de mal humor, evadiendo trabajos, recargando a los demás o vengándote de los que están debajo tuyo?
  • Apenas ves que alguien te puede opacar, o amenaza tu cómodo puesto, y te empeñas en desprestigiarlo con comentarios despectivos, o sembrando una imagen depreciada en los demás?
  • Encuentras un error en algún compañero de trabajo o estudio, y no solo se lo gritas, sino que además haces todo lo posible para que tooooda la oficina se entere?
  • Sales con tu novio/a, y dejas de lado tus propios principios morales, acomodando tu falta de moral a tu “humanidad”?
  • Te encuentras con ese amigo político, y lo adulas, lo alabas, le sonríes aún a pesar de saber que su trabajo no es todo lo limpio que debería ser?
  • Te enteras de la enfermedad de un pariente o vecino con el que no te llevas bien, y sabes que está solo, y que el dinero no le alcanza para sus medicinas?
  • Te acuerdas del (los) pecadillos de una amiga en una reunión social, y “en secreto” se los cuentas a tus amigas o amigos con algún aditamento tuyo?
  • Alguien te confía un “secreto” sobre la reputación de otro, y tú no puedes contener el contárselo a oros, también en el mismo tono de falso secreto?
  • Un superior te llama la atención en tu trabajo, o tu esposo(a), o tu madre (padre), y te encierras en una nube de amargura, hasta encontrar la forma de vengarte, y lo haces sin dudar?
  • Tienes que llamar la atención a un inferior (o tu esposa, o tu hijo(a), o tu empleada), y además aprovechas para humillarla, y luego le refriegas sus errores uno tras otro, hasta que todos se convencen que tus insultos son la verdad en él?

A ti te digo… ¿Quién dices a los demás que soy yo?, porque tú, estás llamado a mostrar mi Rostro a tus hermanos, ¿quién dices que soy yo?

La Iglesia nos ofrece en este recién inaugurado año Paulino, una riqueza inmensa, dejada por el Apóstol de los Paganos, como enseñanza y motivos de meditación, pero sobre todo de aplicación de la Palabra de Dios a nuestras vidas, para prepararnos cada día más, y así poder mostrar a Cristo con el testimonio de nuestra vidas, que son el mejor método de evangelizar que tenemos al alcance de nuestras manos.

No sin pena, sabemos también, que en estos días en los que se ataca inmisericordemente a todo lo que huele a cristiano, resulta difícil, y hasta se podría decir duro, demostrar nuestro apego a la práctica diaria de la religión, y la festividad de San Pedro y san Pablo, nos permite meditar un poco al respecto.

A muchos católicos se les cubre el cuerpo de sudor, al pensar que en la oficina, en el taller, en la universidad o en una fiesta, alguien le diga: “Tú también estabas con los antiabortistas ¿no?”, o quizás simplemente: “Te vi ayer entrando a la iglesia”.

Recordemos, que también a Pedro se le preguntó lo mismo, y Pedro cobardemente lo negó, y más aún, lo hizo en medio de juramentos. ¡Cuán amarga se le hizo la vida a Pedro desde el instante enb que escuchó el canto del gallo. Se sumió en el arrepentimiento, el dolor y la tristeza. Pedro vivió en el más oscuro agujero por haber negado a Cristo por tres veces, y así sufrió si parar, hasta escuchar al propio Jesús preguntarle también tres veces: “¿Me amas más que éstos?”, hasta que ahogado por la pena largó a llorar, mostrándole e Jesús su pena y su arrepentimiento: “Señor, tú lo sabes todo”.


Es que el hombre es cobarde, tenemos temor a ser expuestos, a la burla, el ridículo o el desprecio de los demás, olvidando que Él no dudó en decirles a los soldados que fueron a prenderle: “Yo soy, dejen que estos se vayan”, demostrando así que se entregaba sin dudar en lugar de todos nosotros.

El tratar de leer estas y las demás lecturas del Evangelio como un relato histórico, es un error, porque así le quitamos a la Palabra el poder vivificante que tiene por ser el Verbo de Dios, o sea, Dios mismo hecho palabra. En cambio, aplicando cada lectura a nuestras vidas, a nuestro vivir de cada día, nos comunica la fuerza del Espíritu Santo, la paz de Cristo, y el amor del Padre, para poder contestar a Jesús, cuando nos pregunte: “Y tú, ¿Quién dices que soy?” “Señor, tú eres el Hijo de Dios Vivo, tú eres el Santo de Israel, tu eres mi meta, mi principio y mi fin, tú eres todo lo que tengo y todo lo que soy”, pero no contestarle solo con palabras, sino con hechos concretos en todo momento de nuestra vida.

lunes, 16 de junio de 2008

Editorial (15 al 21 de junio): Sonriendo has dicho mi nombre


El Evangelio para la semana XI del tiempo ordinario (15 al 21 de junio), nos recuerda uno de los más conocidos dichos de Jesús: La cosecha es abundante, y pocos los trabajadores…”, y como la Palabra de Dios es infinita, también son infinitas las formas en las que podemos aplicarla a nuestras vidas.
En este caso, valdría la pena ponernos en medio de esa escena, y calificarnos cada uno a si mismo, con la siguiente pregunta: ¿Me coloco entre el gentío, o el Señor pronuncia mi nombre, y me llama junto a los doce?
El gentío, estaba compuesto por personas que en algún momento habían oído de un maestro, un Rabbí que andaba predicando por Israel, iban a encontrarlo para escucharlo. Algunos, se quedaban y lo seguían hasta uno o dos pueblos más, para seguir escuchando sus sermones y aprender de su doctrina. Otros, corrían en busca de presenciar algún milagro, escuchar alguna respuesta tajante a los doctores de la ley, o simplemente a la espera de que alguien les convide a comer en medio de los sermones.
Unos cuantos, lograban acercarse al Maestro, y se sentaban a sus pies a escucharlo, y se unían a los discípulos, ayudando con las tareas de atención a la gente, organización, etc, hasta que se convertían en discípulos fieles, que recorrían los caminos fraternizando con el propio Jesús, María Santísima y los demás del círculo íntimo del Señor.
Si eres un oyente en medio de la masa, deberías preguntarte: ¿Hasta cuándo? Mira, que la vida corre. ¿Vale la pena pasar día tras día, mes tras mes, año tras año metido en medio de la turba, mirando al Salvador de lejos, distraído por los empujones y los pisotones, en medio del olor a sudor y el polvo de tanta gente? Si, resulta bastante cómodo, sobre todo porque no tienes que aceptar ninguna responsabilidad más que ir allá donde hablará el Señor (léase la Misa del domingo), y luego… a casita, a continuar en el gentío, los pisotones, los empujones y el olor a sudor y otras cosas. ¿Realmente vale la pena? Realmente crees que así tu vida ya está completa? ¿Ya la hiciste? Mira, que cuando crucificaron a Cristo, muchos de los de esa turba fueron los que gritaron: ¡Crucifícale!
Si por ahí tuviste la suerte de presenciar algún milagro de Jesús, si fuiste privilegiado con una sanación en ti o en tu familia, una curación del cuerpo o el alma, algo, que te mostró que Él está cerca de ti, y que podrías alcanzarlo con solo levantar la mano, ¿Podrías ahora volver a meterte en medio de la turba, y volver a los apretones, sólo para retornar a tu casa al atardecer a continuar tu vida de siempre?
Jesús pide que oremos por trabajadores que recojan la cosecha, precisamente porque ya Él sembró en tu corazón y en el mío, y te pide que ruegues al Padre, para que esa semillita que Él puso, caiga en terreno abonado crezca y se desarrolle en ti y en tu entorno. Él quiere que por lo menos te pongas entre los que se sientan en primera fila a escucharlo, entre los que lo siguen pueblo tras pueblo. Él quiere verte a ti durante la noche, caminando por el campamento, charlando con Su Madre, o jugando con sus apóstoles, Él quiere que tú le lleves un trozo de carne hasta la puerta de su tienda en medio del campo, y que te sientes a conversar con Él mientras come. Él quiere contarte sus cuitas, hacerte su confidente. Él quiere ser tu amigo, porque ya es tu Padre, tu Maestro y tu Salvador, pero todo eso lo es por si mismo, mientras que solo será tu amigo, si tú vas a su lado. ¿No es una hermosa posibilidad?, porque Él mismo dice que a sus amigos ya les contó todo lo que había escuchado decir al Padre.
Y por último, si ya eres su discípulo, ¿para qué continuar con las mismas cosas del mundo? Si ya estas junto al Dios todopoderoso, al Dios lleno de amor y Misericordia, ¿para qué conservar todavía algunas migajas del mundo contigo? ¿No ves que cuando pide orar por trabajadores, pide porque tú escuches de una buena vez su llamado?
Antonio…Mercedes…Carolina…Jorge…Julia…¿Oyes? ¡Él está pronunciando tu nombre!, te está llamando, para enviarte con los doce, a gritar por todos los pueblos: “El Reino está cerca…” ¿Quieres aceptar su llamado, ser su apóstol, su amigo?

lunes, 9 de junio de 2008

Editorial (8-15 junio): Misericordia

Uno de los más intrigantes dilemas del ser humano desde siempre, es tratar de conocer, de explicar, de aprehender a Dios, sin embargo, siempre vamos per­diendo de vista lo trascendental, y olvidamos que no es que Dios piensa como el hombre, sino que el hombre debe esforzarse, para tratar de pensar como si fuera Dios.
Las Sagradas escrituras nos muestran varios ejemplos de personas, que llegado el momento, se podría decir que creían en Dios, pero no llegaban a conocer el co­razón de Dios.
El evangelio de este domingo 8 de junio, domingo X del tiempo Ordinario, nos relata cómo los fariseos ob­servaban y comentaban el hecho de que Jesús estaba sentado a la mesa con cobradores de impuestos en casa de Mateo.
Ante sus observaciones, el Señor los manda a leer el pasaje que dice: “Me gusta la misericordia más que las ofrendas” tratando de explicarles en qué consiste la Misericordia de Dios, que hasta nuestros días se nos hace tan difícil de entender, puesto que la mayoría pensamos que la Misericordia de Dios es una especie de compasión, mezclada con caridad, que lleva inde­fectiblemente al perdón, y por ese error, nos amenaza­mos constantemente tratando de poner en el otro plati­llo de la balanza a la Justicia, y terminamos diciendo: “La Misericordia de Dios es infinita, pero también su Justicia…”
La palabra misericordia, viene de la unión de otras dos: miseria y corazón, o sea, que se aplica al acto de poner en el propio corazón, las miserias de los de­más, o sea, que no se refiere a que Dios actúa como un tonto sin mirar nuestras ofensas, ni tampoco que mira a
otro lado, para ignorar nuestras miserias, para luego ver cuál de los platillos pesa más, y de acuerdo a eso, olvida y castiga.
No, la Misericordia Divina lo que hace es tomar nuestras miserias (que muy bien las conoce), y poner­las en su corazón, simplemente por un acto de infini­to amor. Dios sabe muy bien todas mis debilidades, mis mezquindades y mis pequeñeces, y gracias a su misericordia, aún me sigue amando. La misericordia que pide Jesús en este evangelio, se refiere exclusiva­mente al amor como don, y no al amor como respues­ta.
Dios me ama a pesar de todo, y no porque soy bueno,
o porque tengo algún mérito, y su amor es tan gran­de, que no dudó en venir en la persona de su Hijo, para dejarme su ejemplo y su enseñanza sobre cómo puedo yo ir venciendo a esas mis miserias, y me ama tanto, que precisamente tomando mis miserias, y poniéndolas en su Corazón, se hizo pecado, y murió en la cruz.
Esos instantes supremos, en los que Él estaba sumido en las increíbles torturas de la cruz, lacerado por to-dos lados, llagado, coronado de espinas, enceguecido por la sangre y los golpes, con las manos y los pies traspasados por clavos, esos momentos, fueron los que me amó tanto, que mirando al cielo habló a su Padre, mi Padre, y le dijo: “Perdónalos, porque no saben lo que hacen”, y siguió amándome tanto, que nombró a su Madre como a Madre mía, y no dudó en dejar que salga de su Cuerpo santísimo, hasta la últi­ma gota de sangre, al extremo de que una vez sin sangre, vertió agua.
Si, Dios me ama, Dios siente misericordia por mí, Él ha puesto en su Corazón Santísimo todas mis mise­rias… ¡y me sigue amando!, y ¿Qué debería hacer yo, para corresponder a tan inmenso amor que Él me regala?
Lo dijo el propio Jesús: “Ámense los unos a los otros, COMO LOS HE AMADO YO”, no para que lo sepamos nomás, no para que hagamos boni­tas oraciones o poesías, sino para que lo vivamos como Él lo vivió, ¡hasta que duela!

jueves, 22 de mayo de 2008

Este es mi cuerpo...

“Este es mi cuerpo”, fueron las palabras que pronunció Jesús en la Última Cena al consagrar el pan, y encargó a todos sus seguidores, que celebremos esa Cena a lo largo de los tiempos, cuando dijo: “Hagan esto en conmemoración mía”.
El encargo de nuestro Salvador, debe ser visto en toda su dimensión por quienes pretendemos hacernos seguidores suyo, por nosotros, que queremos llevar el Evangelio a todas partes, y por ello tomamos el camino de evangelizarnos y evangelizar a los demás.
El Cuerpo y la Sangre de Cristo, presente en una Hostia Consagrada, constituye pues el alimento espiritual por excelencia. Al recibir a Cristo en nosotros, gozamos de la más grande intimidad con Aquel que dio su vida para salvarnos, y da su cuerpo para alimentarnos. Es el maná, el pan bajado del cielo, es el amor hecho pan, que incesantemente se reparte entre los hombres, sin otro interés, que el de encontrar amor.
Ojalá pudiéramos nosotros llegar a comprender el privilegio que gozamos al asistir a la Santa Misa, y presenciar “en vivo y en directo” los hechos del Calvario de hace 20 siglos, y ser conscientes de que es el mismo Dios que creó el universo el que de abaja hasta nuestra diminuta dimensión, encerrando todo su ser en un pedazo de pan.
Y que no solo hace eso, sino que nos permite la posibilidad de reconocerlo, de mirarlo de frente cuando el sacerdote lo presenta al pueblo diciendo: “Este es Cristo, el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo”, mientras frente a Él, muchas personas corren a abrazarse socialmente con parientes y amigos, olvidando para qué fueron a esa misa.
Ojalá que pudiéramos hacer comprender a nuestros hermanos, la oportunidad que se nos regala al recibir la Santa Comunión, de tener una intimidad tan grande, de poder hablar cara a cara, de sentir en nuestro corazón su Corazón latiendo lleno de amor y de gracias… que dejamos perderse por no tener conciencia de lo que recibimos en ese pedacito de pan.
Todos sabemos, que la Hostia Consagrada no es otra cosa que el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo. Lo aprendemos apenas comenzamos a prepararnos para nuestra Primera Comunión, pero, ¿hacemos carne, vivimos de verdad esa realidad?
El signo distintivo entre una persona que cree y una que no, se evidencia con claridad en las actitudes, y resulta muy penoso asistir a la celebración de la Santa Misa, y ver cómo muchas de las personas que asisten, actúan con absoluta indiferencia ante quien tienen al frente.
Madres que comentan chistecitos a los oídos de sus hijas, o que hacen gala de su ternura maternal peinando o acariciándoles el cabello, jovencitos y jovencitas mirando a los demás asistentes de los bancos de atrás, en fin, mil cosas por las que se demuestra indiferencia total hacia las maravillas que están sucediendo a pocos pasos en el altar, cuando no es el aburrimiento y las miradas al reloj, o peor aún, los jueguitos en el celular.
Somos suficientes, unos tenemos fortuna, posición social, gozamos del respeto y la admiración de los que nos rodean, otros más pequeños, nos empeñamos en mostrar a los primeros, que tenemos más de lo que realmente gozamos, otros nos dedicamos a exhibirnos ante los demás, a mostrar nuestras figuras que un día serán patéticas y envejecidas o nuestras ropas que mañana serán trapos en la basura, ah, pero eso sí, nos olvidamos que desde esa Hostia Consagrada, a solo unos metros de nuestra fortuna, nuestro rostro o nuestra moda, nos mira lleno de tristeza aquel que un día nos creó lleno de esperanza y amor, aquel que en un acto increíble de ternura suplicó antes de morir: “perdónalos, porque no saben lo que hacen”.
Corpus Christi, Cuerpo de Cristo, Herencia Divina, Regalo inconmensurable, Amor hecho pan, Cordero de Dios, Víctima propiciatoria de nuestros pecados. Perdónanos, porque a pesar de tanto tiempo, de tanta ciencia, de tanta guerra y tanto espanto, unos no sabemos lo que hacemos, y otros... ¡nos lo hemos olvidado!.

Videos Provida: Película "Dinero con sangre"